Cronica

ÉIBAR GUTIÉRREZ: EL JUGLAR URBANO Y SU VALLENATO CELESTIAL

Enfoque
Escrito por Enfoque

Por: Fabrina Acosta 

“Veo la música como arquitectura fluida”,

Joni Mitchell.

El vallenato es una poesía eterna con la que nacimos, nos criamos, y amamos la gente que nace en la región Caribe, especialmente en La Guajira y el Cesar; pues este universo musical estrecha amores, une familias, fortalece amistades y deleita los momentos más apasionantes de nuestras vidas. El son, merengue, paseo y la puya, agitados por instrumentos poderosos que retumban el más recóndito lugar de nuestras almas, letras paridas de compositores que tejen la bohemia con la inventiva propia de las realidades que merecen ser inmortalizadas en una canción.

EL JUGLAR URBANO

El vallenato es una herramienta para el tejido social, mitigar diferencias, generar hermandades, conquistar y conectar el pasado con el presente y futuro, mediante historias que surgen de vivencias que involucran de manera expedita el sentir de los y las poetas que crean las mejores canciones, estremeciendo nuestra alma al son de acordeones y guitarras.

Podría mencionar a muchas mujeres y hombres que engalanan este hermoso folclor, porque nuestra historia musical tiene muchos protagonistas, pero hoy quiero compartir sobre la vida de  Éibar Gutiérrez, arquitecto de profesión, músico por pasión y convicción; un hombre que desde niño comprendió que su misión era tocar vidas con su acordeón, sublimar experiencias con bellas composiciones y cantar con la fuerza inagotable del poeta que no puede reprimir sus sentimientos. El juglar urbano que recorre el mundo llevando su raíz caribe con altura, tiene el sabor de una parranda debajo de un palo de mango, de un acordeón sollozando melodías y de un ser que ama sin limitaciones.

Éibar reorienta la música vallenata a su gran misión de generar amor y esperanza, vive nuestra música vallenata con originalidad, sabor a provincia, costumbres y jocosidad, haciendo de ella una poesía existencial.

LA FAMILIA: EL UNIVERSO DE AMOR

Éibar es nacido del vientre bendito de Francisca Barranco; su padre Rafael Gutiérrez —que en paz descanse—, sus hermanas Gelca y María Fernanda Gutiérrez Barranco, su esposa Ana Isabel Daza Suárez, sus hijas Luciana y Francesca Gutiérrez Daza. Siempre ha estado rodeado de mujeres caribe que impregnaron su vida colores y sonrisas imborrables, que le permiten ser un hombre sensible y ampliamente afectivo, quien llora, ríe o expresa sentimientos con libertad.

Su familia es un referente esencial en su vida y eso lo hace un testimonio claro de coherencia entre la vida de artista y privada, por eso, en el escenario logra proyectar transparencia y humanidad; después de verlo en tarima puedo afirmar que su acordeón es celestial y es un artista con propósito especial que no ha sido inferior a ese reto. Éibar es un tejedor de esperanzas para una sociedad que merece más amor, arte, paz y trascender a todas las formas de violencias que destruyen la humanidad.

UN ACORDEÓN, UN CANTO Y UNA COMPOSICIÓN CELESTIAL AL SERVICIO DE LOS SOÑADORES

“La música es la mediadora entre el mundo espiritual y el de los sentidos”,

Ludwig van Beethoven.

Éibar demuestra su conexión con un ser supremo y una vida espiritual nutrida, lo cual despliega en la actuación y la música; no deja sus talentos dormidos, sino que los pone al servicio de las nuevas generaciones y los soñadores de cualquier edad, etnia o estrato social que anhelan lograr la plenitud con la música, por ello, hace unos años fundó Casa Musical, una escuela que ha posibilitado que muchas personas sean felices a través de la música y ha aportado en la construcción de sus proyectos de vida.

Por todo esto, afirmo que gracias a seres de luz como Éibar hay esperanzas de nuevas realidades para nuestra sociedad y que el vallenato tiene todo para nunca morir y siempre permanecer, por eso, es necesario que hombres y mujeres trabajemos para que las nuevas generaciones gocen de esa música única y especial con sabor a caribe, mar, matronas, historias, pueblo, amores genuinos y sabios de la vida que nos han heredado el tesoro más inspirador, una música pura y propia que transforma y conmueve corazones.

Viva el vallenato y toda su infinita majestuosidad, que sigan sonando los buenos paseos, merengues, puyas y sones integrados con porros, cumbias y otros ritmos colombianos que hacen vibrar de emoción a cualquier corazón: al propio y al forastero, al joven y al adulto; pues no hay una reunión de amigos que en nuestra querida guajira y el Cesar no termine con un buen clásico vallenato de esos que nos llevan a abrazar y gritar a todo pulmón coros inolvidables con los cuales crecimos y moriremos felices.

Que sigan naciendo juglares como Éibar, que viven con la firme convicción de aportar a través de la música y el arte, que reconocen el amor y la grandeza de Dios en sus talentos y no descansan para dar cumplimiento a la bella misión de polinizar a otros con su alegría genuina; que viva la música y su poder transformador. Que nunca se silencie la música dadora de vida, amor y esperanzas, porque como afirma el maestro Rosendo Romero: “El país necesita más música porque está emocionalmente enfermo”.

Crédito de fotografías: Ana Daza

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.