Opinión

EMBARAZARSE DEL CORAZÓN: UN ACTO DE VALIENTE Y PROFUNDO AMOR MATERNO

Enfoque
Escrito por Enfoque

Por: María Isabel Cabarcas Aguilar

En este mes tan especial, hijos, padres y madres celebran la consumación del milagro de la vida a través de la maternidad; sin embargo, no siempre la naturaleza femenina es el medio por el que una mujer recibe en su vida la bendición de ser mamá. En ocasiones, el corazón se embaraza de deseos, y ante un sinnúmero de obstáculos o situaciones diversas que biológica o socialmente impiden la consumación del milagro de la concepción, existen otros medios ‘no naturales’ para que una mujer se convierta en mamá.

La adopción ha sido durante décadas la forma a través de la cual mujeres y familias han logrado materializar el anhelo de tener hijos. Años atrás, probablemente este era un tema tabú, mirado con cierto recelo y lleno de prejuicios que condicionaban esta posibilidad, no solo social, sino culturalmente. Hoy, es una realidad legal y emocional que para muchos seres humanos posibilita el crecimiento y la crianza en un hogar, rodeados del cariño y los cuidados necesarios para existir dignamente en una sociedad donde muchos niños ni siquiera llegan a nacer por muchas circunstancias; o, en otros casos, algunos nacen sin haber sido deseados, subsistiendo en medio de difíciles situaciones que dejan lamentables huellas emocionales y mentales que incluso pueden durar toda la vida.

Ante esto, la adopción se constituye en un mecanismo para que tanto niños y niñas lleguen a hogares donde son esperados con amor inmenso, y para que mujeres y hombres puedan consumar el anhelo de convertirse en padres. Les escribo desde lo más profundo de mi corazón y con conocimiento de causa por saberme depositaria del amor más grande que puede existir, justamente por haberme permitido Dios llegar a través de la adopción a una familia espléndida, donde hallaría no solo lo necesario, sino mucho más que eso; para crecer, educarme, realizarme como ser humano y ser muy feliz.

TESTIMONIO: DOBLEMENTE AMADA

Crecí en una familia constituida por un par de papás adultos, quienes —a través de su autoridad y llenos de mucho amor— guiaron mi crianza desde que llegué al seno de su hogar, cuando ambos ya rondaban un poco más de los cuarenta años. Mi mamá anhelaba un hijo, y pese a los ingentes esfuerzos médicos que la llevaron a ser atendida por especialistas en varias ciudades de la costa, su anhelo de concebir nunca fue consumado. En uno de esos encuentros, surgió el contacto con una mujer que se encontraba en embarazo, pero no podía quedarse con su hijo por diversas circunstancias familiares, contemplando darlo en adopción una vez naciera. Allí se encontraron mis mamás, la biológica —queriendo darme la oportunidad de llegar a un hogar donde fuera anhelada— y la adoptiva —embarazada del corazón, por querer convertirse en madre aunque la naturaleza no se lo hubiera permitido—. Así se mantuvieron en contacto a lo largo del proceso de embarazo, hasta concertar la entrega una vez se diera mi nacimiento.

Y sucedió… Llegué al mundo pesando 3.600 gramos y midiendo 52 centímetros, bajo los mejores cuidados médicos en una ciudad diferente a la cual resido actualmente. De ello fue avisada mi mamá adoptiva, quien de manera urgente se desplazó a recibirme en la clínica donde mi mamá biológica me había traído al mundo recientemente. En medio de dudas e incluso un halo de arrepentimiento repentino por parte de mi madre biológica, llegué a los brazos de mi madre adoptiva, quien llena de emoción recibió a su hija por primera vez y para siempre. Llegué a un hogar donde un papá aún dudaba de la determinación autónoma e incluso caprichosa de su esposa; sin embargo, ese sentimiento terminó transformándose inexorablemente al caer rendido frente a la figura indefensa de aquella bebé extraña, quien se convertiría en su hija, llevaría su apellido y a quien terminaría amando más que a sí mismo hasta el último día de su vida; pues, el destino solo le permitió verla convertirse en una adolescente e iniciar su carrera profesional.

En medio de esa amorosa pareja crecí yo. Dios me regaló una infancia hermosa, llena de cuidados, cariño, rodeada de protección, amor, orientación, consejos, buen ejemplo, educación en valores, detalles, enseñanzas, orgullo por mis padres, hermosos viajes familiares y de una confianza que hizo que mis alas crecieran lo suficiente como para anhelar que mis sueños se hicieran realidad; basados también en el anhelo de mis padres porque me convirtiera en la mujer autónoma, independiente, fuerte, luchadora, creyente y amorosa que soy hoy en día.

Cuando tenía nueve años y cursaba quinto de primaria, un par de compañeritas del colegio se pusieron de acuerdo para develarme cruelmente ‘la verdad’. Y aunque aquel episodio sucedido en un parque cercano al colegio solo confirmó mis inocentes sospechas, las cuales iniciaron algunos años atrás por algún sueño que me hizo llorar amargamente, y luego por la mala intención de algunas vecinitas imprudentes; nada logró opacar el inmenso respeto, amor y gratitud que sentía por mis padres adoptivos, quienes para mí eran los únicos que conocía. Hoy, miro hacia atrás y evidencio la maldad que puede despertarse tempranamente en los niños, quienes por muchas razones seguramente escuchan a sus padres referirse a temas de adultos y simplemente repiten lo que ellos expresan; o, en el peor de los casos, planifican acciones mezquinas, llevados en ocasiones por la envidia temprana. Terrible realidad, pero lo es, y más común y peligrosa de lo que creemos.

Pocos años después, cuando dejaba atrás la niñez y comenzaba mi adolescencia, los tres sostendríamos ‘la conversación’ en una noche que no olvido, en la que mi mamá tomó la palabra —seguramente con su corazón arrugado, nerviosa y llena de temor, en espera de mi reacción—. Mi papá concluyó de forma vehemente, y fue lo único que expresó aquella noche familiar de ‘la verdad’: “Yo soy su papá”. Al final, me fundí en un abrazo con ella y luego con él, no había nada más que decir, pues la realidad seguía siendo la misma: fui, soy y seré su hija para siempre. Ese es el regalo más grande que me ha dado Dios y lo valoro como el tesoro que es para mi vida.

Gracias a todas las madres que se embarazan del corazón y a los padres cómplices de este anhelo. Mayo celebra la maternidad en todas sus manifestaciones, y esta es una de las más hermosas formas de darle a un ser humano la oportunidad de crecer en un hogar, en medio de una familia y de ser depositario de la más perfecta forma de amor terrenal: el amor de mamá.

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