miércoles, mayo 22, 2024
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EL PROPÓSITO DE DIOS EN MI VIDA: ¿CÓMO CONOCER Y ALCANZAR ESTE DESIGNIO ESPECIAL?

POR: MILENA ORTIZ HERNÁNDEZ

Es muy común que cada fin de año, mientras revisamos si logramos o no las metas, surja en nosotros decepción por no haber alcanzado los objetivos trazados, sobre todo, si reconocemos que fue debido a la procrastinación o falta de organización; en otros casos, puede producirnos satisfacción el darnos cuenta de que obtuvimos todo o más de lo planeado. Esto evidencia que, usualmente, nos identificamos con lo que realizamos: si hicimos mucho, somos excelentes y nos enorgullecemos, pero si conseguimos poco o nada, nos consideramos unos fracasados. Así, relacionamos quiénes somos con la obra de nuestras manos, porque hemos creído que estamos destinados a ‘hacer’ algo. Ciertamente, todos presentimos que debemos tener una misión en esta tierra, la cual, generalmente, enlazamos con una profesión o trabajo, pero la vida que Dios destinó para nosotros va más allá, pues no consiste en lo que ejercemos, sino en lo que somos.

En Romanos 8:28-29 dice: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Según este pasaje, podemos identificar varias cosas; primeramente, cuál es el objetivo de nuestra existencia: ser como Jesucristo; en segundo lugar, que Dios no destinó a sus hijos con un propósito mejor o mayor que otros, pues todos tenemos un único plan y es igual de especial; tercero, se entiende que esta misión la podemos llevar a cabo desde cualquier lugar y haciendo todo tipo de actividades, porque se trata de quiénes somos, más de lo que hacemos.

Ahora bien, esto no quiere decir que la forma en que actuamos no tiene valor alguno; el problema es que queremos definir quiénes somos por las obras que realizamos, cuando el papel de ellas no es darle significado a nuestra identidad, sino reflejarla. Por eso, lo primordial es tener claro que la identidad de los hijos de Dios está arraigada en lo que Jesús hizo por nosotros: recibió el castigo de nuestros pecados, borró nuestras faltas, nos libertó de la esclavitud del pecado y nos dio el poder de su gracia para ser como Él. Todos los logros cumplidos por Cristo fueron atribuidos a nuestras manos, mientras las suyas fueron clavadas por pagar nuestras ofensas. Es destacable que Pablo habla en pasado cuando se refiere a lo que Dios hace por nosotros al creer en Él, estableciendo que es un hecho; así lo expresa en Romanos 8:30: “A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó”.

En otras palabras, esa misión que Dios quiere que llevemos a cabo —ser como Cristo— Él mismo la consumó por nosotros, a través de su gracia. ¡Deberíamos rebosar de alegría al comprender que el propósito ya está cumplido! Es un alivio saber que, a pesar de las fallas, Dios ya nos ve semejantes a Él, no por nuestros logros, sino por el Suyo. Luego, con nuestra identidad completa en Cristo, lo ideal es que reflejemos felizmente Su carácter en todo lo que emprendamos. Sin embargo, solemos hacer lo contrario: depender de lo que alcanzamos para estar plenos y dichosos, por eso, nos sentimos constantemente incompletos o frustrados cuando no hemos obtenido lo deseado. Por supuesto, no hay nada de malo en proponerse metas, el inconveniente está en creer que, si las cosas no se dan, hemos fracasado; no obstante, si recordáramos que el objetivo es ser semejantes a Jesús, sabríamos que, sin importar si los sueños se hacen realidad o no, podremos cumplir el propósito de nuestra vida, mientras luchemos cada día en el poder de su Espíritu por parecernos más a Él.

Tras entender que nuestro destino consiste más en ser que hacer, entonces, deberíamos darle prioridad al carácter. Así como nos disponemos a escribir los propósitos para el año nuevo, al igual que elaboramos cronogramas para alcanzar objetivos y diariamente tenemos una lista de ‘cosas por hacer’, deberíamos tener registro de aquellas áreas de nuestro interior que necesitamos mejorar o cambiar. Es recomendable examinar qué motivaciones nos llevan a actuar, porque puede que realicemos buenas obras, pero con el deseo orgulloso de obtener reconocimiento y alabanzas; eso no es ser como Cristo, porque Él no vino a ser servido, sino a servir; no buscó recibir premios, sino que planeó su propia muerte en una cruz, entregándose como un sacrificio de amor por nosotros, que éramos sus enemigos; eso es lo que estamos llamados a ser. En la medida en que conozcamos profundamente a Jesús y seamos más como Él, actuaremos acorde al amor, humildad, compasión, misericordia y todo lo que define Su carácter. Así, nuestras acciones, por muy insignificantes que parezcan, tendrán un valor eterno y serán recompensadas con un tesoro incorruptible.

Para motivarle a llevar a cabo su verdadera misión en esta vida, le propongo realizar las siguientes actividades:

1. Conocer a Jesús a través de la Biblia, porque para ser como Él es necesario saber quién es Él.

2. Meditar y, en oración, pedir al Espíritu Santo que revele en qué áreas no está siendo como Cristo.

3. Registrar en qué está pecando y tener recordatorios de cómo contrarrestarlo.

4. Involucrar a otras personas que, con amor, le señalen sus fallas y le animen a cambiar.

Si aplica esto, cuando llegue una vez más el fin de año, probablemente, se sentirá pleno y tranquilo, pues, sea que alcance el éxito o fracase en un proyecto, sabrá que, si lo vivido le llevó a madurar su carácter, fue Dios quien usó todas esas situaciones para cumplir en usted el propósito por el cual Él le creó: ser como Jesús.

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