sábado, mayo 18, 2024
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CÁNONES GRIEGOS: EL CULTO AL CUERPO DESDE LA ÉPOCA ANTIGUA, HASTA LA ACTUALIDAD

POR: GIOVANNI DE PICCOLI

Durante el mes de julio, tuvimos la oportunidad de presenciar por televisión los Juegos Olímpicos, los cuales, quizás, serán unos de los más recordados, pero no precisamente por sus competencias y justas entre los atletas de las diferentes disciplinas, sino por un hecho que sigue marcando nuestra cotidianidad: la COVID-19. Para ser sincero, muchas de las competiciones que me interesaban ver como la gimnasia rítmica, natación, los clavadistas, tiro al blanco, lucha grecorromana, entre otros, no fueron en directo, ya que algunas cadenas internacionales presentaban los eventos en diferidos, y notar esos espacios vacíos en los estadios, sin casi público ovacionando a los deportistas, dio un poco de tristeza. Hice un viaje mental y me transporté a la Grecia antigua durante el año 776 a. C., en Olimpia, donde se encontraba el santuario del dios Zeus; por lo tanto, de cierta manera, esta celebración que, actualmente lleva 32 versiones en la era moderna, tuvo sus orígenes entre la mitología e historia, resultando así, una mezcla entre lo irreal y real.

En medio de ese debate, un tanto poético, los cánones de perfección griegos, en relación al cuerpo humano masculino, apuntan al más fuerte —fortius— más alto —altius— y más rápido —citius— de hecho, este es el lema de los Juegos Olímpicos en su primera edición, en 1896, donde el cultivo del físico, la rigurosidad del entrenamiento y la apariencia mortal de un ideal divino, alcanzaban su máximo esplendor en los jóvenes atletas de perfecta anatomía que buscaban la gloria e inmortalidad al ser coronados con el laurel de Apolo. Dicho símbolo perenne, procede de la leyenda de Dafne, la ninfa que luchó para no caer ante el acoso y persecución de Apolo, dios de la belleza masculina, las artes, el sol, portador del arco de oro y hermano gemelo de Artemisa, la diosa siempre virgen, cazadora, señora de la luna, portadora del arco de plata, quien al final convierte a Dafne en árbol y, según ‘Las metamorfosis’ de Ovidio, la divinidad solar expresa: “Aunque no puedas ser mi amante, al menos serás mi árbol; te llevaré siempre en mis cabellos y mi aljaba oh laurel”. Otras fuentes indican que fueron sus padres: la titánide Gea y el río Ladón, quienes la transformaron. Más allá de estas discrepancias, resulta importante contemplar la estatua de Gian Lorenzo Bernini, en pleno barroco italiano, la cual se encuentra en la Galería Borghese, una pieza de arte magnífica que da materia al mito entre la tenacidad del dios y la desesperación de la dríade.

Lo cierto es que, los latinoamericanos hemos heredado muchas de las creencias y elementos culturales procedentes de Europa, y siendo ellos quienes en antaño nos descubrieron, conquistaron y colonizaron, es natural sentir una conexión con estos mitos; nos fascinan, encantan y hasta la fecha se encuentran presentes en nuestras realidades; de hecho, ¿quiénes no leyeron la ‘Ilíada’, ‘Eneida’ u ‘Odisea’ durante el tiempo de bachilleres? Asimismo, la publicidad, moda y diseño nos sorprenden con sus creaciones, imitando antiguas facetas de estos dioses y hombres, solo por dar un ejemplo, la campaña del perfume Eros de Versace, donde el modelo Brian Shimansky es una encarnación de esos ideales de belleza viril que, aún hoy, dictan la imagen perfecta de la masculinidad.

Ni hablar de la publicación anual del calendario ‘Dieux du stade’, una apología a la antigua Grecia y Roma, donde jugadores de rugby reconocidos, principalmente, de la liga francesa, posan casi desnudos como modernos gladiadores, bajo el lente de los fotógrafos más famosos del mundo, dentro de los espacios interiores o exteriores, relacionados con dicha temática, permitiéndoles enaltecer la arquitectura de épocas pasadas o edificaciones cercanas a nuestro tiempo con los valores clásicos de antaño en un derroche absoluto de estética y plasticidad. Asimismo, la versión ESPN ‘Body issue’, que reúne a deportistas —hombres y mujeres—, medallistas olímpicos y galardonados mundialmente, con el fin de fotografiarlos desnudos, dejando poco o nada a la imaginación, pero, sin duda alguna, demostrando respeto hacia el cuerpo, para ser admirados, no solo por lo que representan: esfuerzo y disciplina, sino también historias de vida detrás del arte del cuerpo en traje de Adán, siendo ejemplo para todas las generaciones de competidores.

En la actualidad, si bien los entendidos estereotipos de belleza —femenina y masculina— se han hecho mucho más inclusivos y diversos, no se puede negar el afán de algunos por lograr ese icónico estatus de perfección, grabado en el mármol de estatuas como el Doríforo de Policleto o Discóbolo de Mirón; igualmente, en las recias, torneadas y voluptuosas diosas Atenea y Afrodita. Para los griegos, el culto al cuerpo no solo era una cuestión de estética, sino de salud y equilibrio mental; así pues, en un mundo contemporáneo, donde la salud física y emocional es tan frágil, es importante destinar tiempo para desconectarse de lo que nos rodea, concentrarnos en el ser, encontrarnos con nuestro yo interior, hallar el punto de equilibrio y no sacar excusas para tener esos instantes de autoconciencia.

Cuando vemos a un atleta —hombre o mujer— llegar a la meta, brotan lágrimas de sus ojos, porque ha logrado el deseado laurel de la victoria; detrás de ese triunfo, ¿cuánto llanto derramó por el fracaso? El autoconocimiento nos permite potenciar nuestras debilidades y expandir las fortalezas, no rendirse ante la adversidad es el secreto, pues más se aprende de los errores que de los aciertos; incluso, estos, algunas veces, provienen del éxito o la fortuna, irónicamente dos dioses griegos: Hermes —Mercurio romano— y Fortuna —Abundia romana—. Finalmente, el destino, otra antigua deidad, hoy lo forjamos nosotros mismos para bien o mal; además, depende exclusivamente de la energía y tesón que le imprimimos a cada reto.

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