Por: Eleine Pimienta

Jeremías 17:10: “Yo, el señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras”. Sí, querido lector, Dios en más de una ocasión ha examinado nuestro corazón y también ha probado nuestros pensamientos. Debo admitir que esto me causa asombro, pues pienso: ¿Con qué palabras seré definida por Él, de acuerdo a lo que ve dentro de mí?

Sin duda, puedo afirmar que una de las formas en que nuestro corazón es probado, resulta mediante las bendiciones que el Señor nos da, ¿sabes cómo nos pone a prueba? Pidiéndonoslas. Así, sabrá que no amamos nada más sobre Él. Estas palabras me recuerdan una escena muy especial entre Dios y Abraham, una de las pruebas más aterradoras que seguramente la Biblia registra; está escrito en el libro de Génesis 22:2: “Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. Más adelante, en Génesis 22:6: “Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo; y fueron ambos juntos”.

Posteriormente, en Génesis 22:9-12 narra que: “Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; que ya conozco que temes a Dios, pues que no me rehusaste tu hijo, tu único”.

Esto muestra que Dios siempre nos pedirá lo que más amamos, no con el fin de quitárnoslo, en realidad el Señor no necesita nada de nosotros, pues es dueño de la tierra y su plenitud, aún nuestras vidas le pertenecen; sino con el propósito de conocernos y edificarnos, ya que su deseo es que tengamos vidas equilibradas. A Abraham le pidió su hijo, mientras que a Jesús le reclamó la vida; por tanto, Él te pedirá lo que está en el corazón.

En esta época de tanta vanidad y distractores, me pregunto: ¿Cuántos Abraham estaremos dispuestos a poner nuestro Isaac en el altar de Dios? Isaac no necesariamente significa un hijo o la vida, representa aquello en que depositamos todas las fuerzas, amor, entrega, tiempo; cada aspecto que de alguna manera está ocupando el lugar del Señor en nuestra existencia. En realidad, nada de lo que nos ha sido entregado es para sustituirlo, sino para ponerlo a su servicio; ¿tienes un don? Ponlo a favor del Padre.

El presente año apenas empieza, ¿qué tal si procuramos seguir a Dios, así como perseguimos las metas de cambiar el carro, obtener aquella posición o adquirir reconocimiento? Es importante no perder de vista en este tiempo de tantos afanes lo verdaderamente esencial, debemos tener mucho cuidado con el afecto o apego que ponemos a las cosas. La palabra del Señor hace referencia a lo anterior en el libro de 2 Corintios 4:18: “No mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas”.

Es como el hombre que trabaja incansablemente por una casa, y hasta deja de ir a la iglesia porque en realidad necesita esforzarse mucho para conseguirla, y el día que llega la vivienda, dice: “¡Yo pensé que esto me haría feliz!” La verdad, Dios es el único que le da sentido a las cosas otorgadas por Él mismo. El Señor es quien multiplica tus alegrías y bendiciones, siendo responsable de todo lo bueno que sucede en tu vida, pero nada de esto te lo da para que lo cambies. Negocios indebidos, la deslealtad o bienes mal adquiridos; no son razón de ser aquello que llamamos felicidad, exclusivamente Jesús es quien brinda el significado y valor a las posesiones.

Dice la Biblia en Mateo 6:19-20: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan. Mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan”. Esto no quiere decir que el deseo de Dios es que no goces en esta tierra de tantas cosas, todo padre desea ver a su hijo viviendo en abundancia, Él solo busca que el orden divino gobierne en nuestras vidas.

Por eso, el Señor siempre nos llevará a confrontarnos con la sinceridad, a veces decimos amarlo y valorar su presencia, pero no es verdad; el espíritu del hombre tiende a ser engañoso, y exactamente lo que Dios busca es someter nuestro corazón, y colocar la mente a prueba, porque del alma salen los pensamientos que destruyen. En Salmos 26:2 y 139:23 David dijo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos”.

En nuestro paso por la vida, en muchas ocasiones Dios nos someterá a pruebas, así como sometió a Job, con el único fin de desarraigar del corazón todo aquello que no es agradable ante Él y plantar lo que es provechoso para nosotros; así lo plantea en Jeremías 17:10.

ORACIÓN

Amado Padre, oro en el nombre de Jesús para que obres en mí con tu poder, te pido que cada mañana me despiertes con el deseo de obedecerte y agradarte; hoy traigo mi Isaac a tu altar y te lo entrego, pues sé que en tus manos todo marcha mejor, enséñame a guardar mi corazón y a darte a ti el lugar más importante en mi vida. Renuncio a cualquier apego material, dependencia emocional y los afanes que día a día me distraen de aquello que verdaderamente merece mi atención. Guíame a vivir conforme a tu voluntad, para así lograr superar las pruebas que pones frente a mí. Que mi corazón pueda producir buenos frutos y afirmarme en tus caminos. No dejes de escudriñar y vigilar mi corazón para que no se dañe con raíces de amargura, resentimiento, dolor, rencor o celos. Gracias porque siempre me oyes, y por llevarme de tu mano en este trayecto. ¡Amén!

 

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