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Por: Giovanni De Piccoli

Hace algunos meses presenciamos uno de los eventos más importantes alrededor del mundo, junto con los Juegos Olímpicos, el cual posee una difusión global y se convierte durante un mes en el epicentro de todos, pues no distingue edad, ni género y es motivo de reunión. Para quienes no tienen la posibilidad de asistir a los escenarios deportivos, lo pueden apreciar en sus casas, establecimientos comerciales o en los lugares más insospechados, siempre y cuando se tenga un receptor de la señal televisiva o, en el peor de los casos, radio. Este espectáculo es la Copa Mundial de Fútbol, organizada por la FIFA —Federación Internacional de Fútbol Asociación—, en donde la participación de muchas naciones con sus respectivos equipos es motivo de alegrías, tristezas, admiración, exaltación cultural y sentido patrio, ya que el país anfitrión muestra sus ciudades a través de representaciones artísticas y arquitectónicas que se vuelven imágenes digitalizadas en una breve presentación publicitaria emitida cada vez que la contienda entre jugadores rivales comienza.

En esta oportunidad, Rusia, un país poco conocido desde los ámbitos plásticos y arquitectónicos para los latinoamericanos, no porque no tenga que mostrar, pues posee mucha historia, producción plástica y al ser una superpotencia militar y económica, se reconoce por el deporte, poderío nuclear, personajes políticos, enormes aviones Tupolev —todo lo ruso es de proporciones desmesuradas—, danza clásica y el famoso Teatro Bolshói, ubicado en Moscú y enmarcado en la exuberante arquitectura neoclásica.

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Como estudioso del arte, me llama la atención que en el vídeo previo a cada encuentro deportivo aparezca un huevo de Fabergé que se abre para mostrar al mundo lo que Rusia ofrece más allá del evento. Lo anterior es una extraña contradicción, pues es un país lejano al comunismo —anterior sistema social, económico y político—, que en este momento apunta al socialismo capitalista, y decide utilizar esta joya en un acontecimiento de magnitud internacional, la cual representa el pasado y cultura rusa.

Peter Carl Fabergé fue el extraordinario joyero creador de esta pieza de arte enmarcada en el imperio de los zares y, en especial, en la dinastía de los Romanov, conocidos por sus lujos y despilfarros; objetos hechos en oro, plata, níquel y platino, con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, diamantes y zafiros, además de otras piedras semipreciosas como el jade, ónix, jaspe y la malaquita en técnicas de esmaltado y grafiado, donde las reminiscencias de los estilos renacentista, barroco y el arte moderno, se hacen presente en su interpretación artística, llevándolo a ser nombrado como joyero de la corona. También existe un trasfondo romántico en la elaboración de estas piezas, ya que fueron regalos de pascua para la zarina María por parte de su amado esposo y, más tarde, es protagonista en acontecimientos importantes del discurrir de la sociedad rusa. Los huevos Fabergé se convirtieron, así, en símbolo de la nobleza y de la vida cotidiana rusa.

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Hasta el momento se conocen 61 piezas, pero se cree que muchas de las que no se han encontrado están en manos de coleccionistas privados anónimos, algunas comercializadas por el mercado negro del arte y otras perdidas después de la Revolución Bolchevique, en donde el zar Nicolás II fue asesinado junto a toda su familia. En ese sentido, esta es la ironía del asunto: haber escogido el huevo de Fabergé como elemento gráfico en la propaganda del Mundial Rusia 2018, un símbolo del poder de la familia real rusa, envuelta en conspiraciones, asesinatos y leyendas como la supervivencia de la gran duquesa Anastasia y el místico monje Rasputín.

Reflexionando, como todo en la vida, está presente la dualidad de las cosas: ver a estos gladiadores modernos, jugadores del balompié, sudar la camiseta por un espacio de 90 minutos mínimo, concentrando sus esfuerzos individuales y colectivos en la competencia, hace honor a su capacidad física y tesón para lograr la anhelada victoria; emulando, tal cual como en otros tiempos, los enfrentamientos en el famoso Coliseo Romano o Anfiteatro Flavio maravilla del mundo antiguo—, donde también un grupo de hombres luchaban para sobrevivir un día más, pero con la misma determinación y coraje ante el pueblo que como público contemplaba los deportes de contacto, luchas de gladiadores a muerte, espectáculos navales y asesinatos en masa que servían de diversión a una cultura enajenada por el poder, la supremacía y el deseo de sangre.

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La dualidad de la vida se manifiesta cuando la victoria de unos representa la derrota de otros: entre la risa y alegría, el llanto y la tristeza, el júbilo y la celebración de unos pocos, llega el desconsuelo para muchos. También, este tipo de enfrentamientos deportivos evidencian que no existen fronteras y trascienden al género y raza: ¿Ingleses o franceses de orígenes africanos? ¿Hispanoamericanos en equipos eslavos o norteamericanos?… ¡Claro que sí! El deporte como práctica saludable ha demostrado que está por encima de estos prejuicios y que el mundo es cada vez más abierto a los cambios que antes eran motivo de odio o segregación. Esto se debe a que finalmente algunos están más interesados en construir puentes que unan pensamientos y formas de ser, que muros para apartar ideologías y maneras de hacer. Una comunidad que actúa en justa causa, respetando las individualidades y potenciando el diálogo, es sinónimo de progreso y transformación. Los griegos antiguos, en las primeras olimpiadas, dejaban aparte sus conflictos y guerras para competir en sano fair play; en ese sentido, si aplicamos esto en la vida diaria seguramente haremos de nuestra sociedad un modelo a seguir, que nos haga mejores seres humanos en medio de las diferencias.

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