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Por: Giovanni De Piccoli

El dicho popular: ‘Madre solo hay una, padre puede ser cualquiera’, es el reflejo de una sabiduría ancestral  que coloca a la mujer y al acto biológico de maternidad en un lugar privilegiado; de hecho, muchas sociedades en la antigüedad y algunas en nuestros tiempos se rigen por comunidades consideradas matriarcales, como lo son, por mencionar algunas: los Mosuo China, una etnia donde la línea legal es materna y la mujer tiene el beneficio de sobrellevar el poder económico de la tribu; además, se encarga de los rituales para oficializar la unión entre parejas; los Minangkabau Sumatra, Indonesia, conocida porque el bien heredable pasa directa y específicamente de madre a hija; y, por último, los Akan —sur de Ghana, África, donde el apellido y todos los aspectos legales, políticos y religiosos, como las atribuciones sociales y culturales del clan, son delegados por la línea materna.

En la actualidad, la elección de gestar un ser es tomada a la ligera por jóvenes que a temprana edad inician su vida sexual y quedan en estado de embarazo; muchas veces, lastimosamente, sin un claro sentir de lo que conlleva esta labor, aprendiéndola en el desarrollo con tropiezos, dificultades y situaciones que son producto de un proyecto de vida, no programado, de convertirse en ‘padres’; y al final, el núcleo familiar —si es que existe—, se afecta. Por lo tanto, ese infante que llega a la vida, no posee garantías de crecer en un ambiente sano, que lo reciba con amor y responsabilidad, pues paga las consecuencias de un momento de pasión y efervescencia que, seguramente, influye negativamente en su desarrollo, desde los primeros pasos hasta la edad adulta.

Ser mamá es una bendición, pero tener hijos es una constante lucha, en el sentido de que cada momento en la vida de ellos es una carrera frenética que involucra tiempo, cuidados, alegrías, tristezas, costos económicos, felicidad y, en términos generales, una vida dedicada a ese individuo; cuyo compromiso de estar a su lado no expira jamás, por el contrario, se ‘redime en puntos’ que no se vencen, pues la labor es constante: 24 horas, 365 días, año tras año para siempre; no importa la edad de su progenie, esta será eternamente la extensión de sí, donde el amor incondicional, instinto de protección, consejo oportuno o regaño merecido jalón de orejas de la ‘vieja’, es necesario y refleja la continua preocupación de un ser que solo desea el bien para sus hijos.

El poder del afecto es inigualable en la gran mayoría, y no es algo exclusivo para la especie humana, pues los animales sorprenden con sus muestras de amor y el lazo tan intenso entre la madre y sus cachorros; es increíble ver como los protegen, acicalan, consienten, juegan y, eventualmente, los castigan y les transmiten un conocimiento que les ayudará a sobrevivir y abrirse paso en el mundo salvaje, un habitad llena de peligros y riesgos; por ejemplo, una mamá lobo o una leona, donde toda su imponencia y fiereza sucumbe ante la ternura y la entrega total hacia sus vástagos.

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La maternidad es algo tan bello, que personajes famosos como Shakira y Demi Moore posaron para revistas como Vanity Fair, en avanzado estado de gravidez, orgullosas del ser maternal, una condición única que solo pueden experimentar las féminas. Lo anterior, también ha sido motivo de inspiración en el arte, dado a la representación en esculturas o pinturas en todos los tiempos de la mujer; y no solo en el arte sagrado, sino también en el profano, basta ver la pieza icónica de la Virgen de la Misericordia del pintor italiano Bartolomeo Vivarini —1432-1499, ubicada en Santa María Formosa Italia—, una tempera sobre tabla que evidencia como María, madre de Jesús y todos los hombres, prodiga protección y alivio con su manto, siendo esto un gesto de la cualidad de ser mamá.

El mes de mayo, para la cultura universal es dedicado a la madre; para el mundo católico es el de la Virgen María, un periodo consagrado a la maternidad; sin embargo, es bueno recordar que cada momento, y no un mes o día en particular, es deber del hijo honrar a su progenitora, pese a las diferencias que puedan existir en esa relación. Debe darse tanto amor de parte de estos; ya que, en muchos casos, esta renuncia a su vida para comprometerse y entregarse totalmente al bebé que engendró, y que por nueve meses lo tuvo en su vientre, estableciendo un vínculo estrecho. La mamá está ligada al nonato, de una forma que el padre no puede estarlo, y es deber de este último transmitirle a ese fruto su amor, afecto y compresión; pues, ser padres al final es cosa de dos, que se hace uno y, luego de nacido, son tres o más.

Por último, ya se superó en el pensamiento colectivo, de todas las sociedades contemporáneas, que el estado de embarazo no es una enfermedad; por el contrario, más allá de un hecho completamente natural y que implica cambios fisiológicos y psicológicos como emocionales, las madres hoy en día no dejan de seguir el ritmo ‘normal’ de sus vidas: trabajan, van al gimnasio, disfrutan plenamente de su sexualidad, salen de compras, e incluso las más osadas, se enorgullecen de su ‘barriga’, tanto, que usan ropa de maternidad dejando, ver a viva piel, el tamaño de esta; en definitiva, asumen su estado no como un impedimento, sino como una motivación que les da brillo, alegría, ese sentir espiritual y emocional.

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