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Por: Giovanni de Piccoli

Una de las características más relevantes de estos tiempos es sin duda el consumo; la compra de productos y bienes que responden a una oferta y demanda, se ha convertido en la impronta del siglo XXI, y esto es real, ya que sin tener en cuenta clases sociales o capacidad de adquisición, está demostrado científicamente que las sociedades capitalistas gastan cada quien a su medida y en muchos casos rebasa los estándares de obtener algo más que por necesidad, por moda. El último modelo de celular de mayor innovación, el televisor con la mejor resolución de imagen, ese par de zapatos que se suma a los cinco o seis pares más que como mínimo están en el armario; esa falda de colores que resalta la figura, una más de tantas que pasaron de moda, o aquel perfume adicional solo porque le gustó el aroma que emanaba de su colega de trabajo.

Es común  en nuestro país el hecho de realizar compras compulsivas, no es un secreto que el colombiano gasta en alimentación, actividades de ocio, vestuario y pagos a deudas consumiendo así gran parte de su salario; si bien el obtener lleva a contraer deudas que inicialmente parecen aceptables, es un riesgo que se corre al no valorar las consecuencias, si no se entiende lo fluctuante del bienestar económico, producto en su mayoría por un soporte laboral, que si no se tiene, puede crear en muchos casos verdaderos dolores de cabeza al solventar tantos gastos y a la vez cubrir aquellos que implican las necesidades básicas.

Pese a todo lo anterior, la oferta está, la demanda existe y el consumo es parte de nuestra vida, pero ¿Qué pasa en los países capitalistas?, en especial aquellos donde el ciudadano posee de algún modo un poder adquisitivo bastante amplio, y me refiero a los países Europeos,  Norteamérica, en este caso Estados Unidos y Canadá, por referirnos al hemisferio Occidental del cual somos herederos, para no dejar de mencionar el lejano y cercano Oriente, en donde el poder del consumo está ligado directamente a las últimas tecnologías. Quiero referirme en específico, sin temor a equivocación a un solo país, Italia, centro de la cultura Universal y la nación del consumo y lujo por excelencia.

Recordemos que en un periodo histórico, lo que hoy es Roma, Capital de Italia en la antigüedad, fue uno de los imperios más grandes del mundo y hasta el siglo XVII, cuna del humanismo, del arte, de la arquitectura y de los avances tecnológicos y de mayor revolución filosófica, social y religiosa; todo esto unido, posiciona a este país en forma de bota, como la primera península en el mundo, ya que posee en todo su territorio el 78% de las obras de arte y arquitectura desde las más antiguas hasta las más contemporáneas, llena de  lugares históricos y hechos transcendentales para toda la humanidad en toda su vastedad; simplemente, esta nación lo contiene absolutamente todo. Toscana, por ejemplo, una región de dicho país, compuesta por ciudades como Florencia, la cual es su capital; Siena, Pisa, Lucca, provincia de Massa y Carrara, entre otras, contienen el mayor número de tesoros patrimoniales de arquitectura, arte, naturaleza, costumbres y más, superando a países enteros como España, Alemania y Francia, por mencionar unos cuantos.

En un país en donde la moda, el diseño y el estilo de vida es el pan de todos los días, es imposible no pensar en la maquinaria de producción de artículos de consumo de todo tipo, bajo una marca que garantiza calidad, excelencia y durabilidad, el “Made in Italy”, es signo de prestigio y estilismo, donde quiera que este sello se encuentre, desde el vino, siendo el mayor productor y consumidor de este en el mundo, que de hecho acompaña una gastronomía variada apreciada de manera universal; pasando por costosos vehículos producidos por Ferrari, Lamborghini o la Alfa Romeo y en menor escala de costos, pero no menos importante la Fiat S.p.A., toda una industria de electrodomésticos, la producción textil, la joyería; cerveza, bebidas en general y un sin fin de productos que según estudios de mercado por múltiples firmas internacionales colocan lo hecho en Italia,  como la tercera y más importante marca después de la multinacional Coca-Cola Company y Visa, instrumento de pago telemático a la vanguardia y con liderazgo en todo el mundo.

Más allá de esto, Italia se convierte desde hace décadas como la capital del diseño mundial; Milano se consolida como el epicentro de la Moda, peleándose el primer lugar con París y New York, no en vano se encuentra el conocido “cuadrilátero de la moda”, cuatro sectores o vías en donde se encuentran las boutiques de Bottega Veneta, Bulgari, entre otras, incluyendo extranjeras, pero con cierto corte de diseño al estilo italiano como Dior, Chanel o Hermès. Torino es por excelencia la capital del Diseño Industrial, donde el concepto de sostenibilidad lo manejaban desde años atrás con las industrias de Pininfarina y, desde lo académico en el Politécnico y el Instituto Europeo de Diseño — IED —, lugares en los cuales se dan cita y se forman los mejores diseñadores del mundo; Italia, además es punto de encuentro para las ferias internacionales, como la del mobiliario y el diseño de productos que en Roma y Milán en sus versiones reúnen a más de 2500 expositores entre empresas propias y foráneas anualmente.

Por último, Italia es la nación más visitada por turistas procedentes de todo el mundo que compran y consumen lo generado en este extraordinario país, pero más allá de este gasto de grandes ligas, es también una patria que ofrece cultura y arte como producto; sus museos, galerías, palacios antiguos, son sedes de las más vastas exposiciones de todo tipo de representaciones plásticas, de festivales y eventos deportivos, de tradiciones y conciertos en vetustas ruinas romanas de siglos pasados en donde no se puede hablar de gastar, sino de invertir para percibir y sentir calidad, aquella que garantiza una venta segura y una experiencia significativa de  consumo y compra para quien la vive, la recorre y la goza.

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