carnaval de riohacha

Por: Laura Montero

Hoy les vengo a hablar de amor. Sí, de amor por una cultura y tradición que se merece tanto; sin embargo, pareciera importarles a pocos. Amor por algo de lo que no se habla mucho, pero que bien vale ser recordado todos los días, un amor que se ve reflejado en la siguiente historia:

Todo comenzó un domingo de carnaval. Nos dirigíamos a compartir con varios amigos en la tradicional mojadera, en Riohacha.

¿Qué es lo que te hace amar tanto estas fiestas?, le pregunté de sopetón a la amiga que llevaba al lado; se quedó muy pensativa y no supo responderme en el momento. Como yo, otras personas estaban a la expectativa e, incluso, cuchicheaban al respecto porque creían que ella estaba obsesionada con el tema, porque hablaba a toda hora de eso, que hasta parecía que no respiraba de la emoción.

¿Por qué no se echa maicena y se queda calladita?, ¿Qué tanto habla de esos embarradores?, ¿Ella vino a filosofar o a beber?, el ícono de esta festividad ya se va a subir a la tarima, ¡Vamos a darle trago a esa mujer pa’ que se calme!

Esas y más expresiones se escuchaban entre nuestros amigos, en medio de la música y las voces que cantaban a todo pulmón canciones vallenatas de la época; y bueno, si mi interés fuera solo gozarme el evento, también, quizá, hubiese dicho lo mismo. Pero no, mi interés va mucho más allá. Es descubrir una cultura, una tradición.

Preferí seguir conversando con ella y ahondar un poco más en el tema, mientras los demás disfrutaban armados con espumas y maicena a tutiplén. Fue allí, cuando entendí por qué mi compañera no dio una respuesta inmediata. Su mirada era tan profunda que parecía que se hubiera detenido en la época donde todo comenzó; y cuando digo esto, me refiero al Carnaval de Riohacha.

Ella amaba tanto esta celebración, como un molinero ama el arroz de fideo con queso rayao’ y tajada amarilla. Demasiado. Pero ¿qué hizo que lo amara tanto?, la pasión, pues había descubierto que esas festividades eran producto de este sentimiento.

Para entender un poco, comencemos por ubicarnos en el siglo pasado, donde según cuenta la tradición oral, los hombres conquistaban a voces de versos, poesía, detalles románticos y donde ponían la mirada, ahí concentraban todos sus esfuerzos.

Encarnación Bermúdez fue el vivo ejemplo de ello. Dicen, quienes conocen su historia, que era un hombre robusto, moreno, de facciones fuertes y era capitán de barco. Tocaba la dulzaina y cantaba versos inspirados en sucesos del día a día; pero su mayor inspiración siempre fue Remedios, una joven que vivía con su madre Carmela Suarez . Tenía las características físicas propias de la mujer riohachera: morena, cabello largo, piernas grandes, caderas anchas y mediana estatura. Nunca pasaba desapercibida.

Vivía en “La Quebrada”, a las afueras del pueblo, retirada de la civilización, donde también moraban las lavanderas, leñadores y curtidores de pieles, en los tiempos en que la ciudad contaba con pocas calles y carreras. En su mayoría, quienes allí residían eran personas muy alegres, unidas y con muy buen sentido del humor. Encarnación Bermúdez visitaba frecuentemente a Remedios, bajo el consentimiento de su madre, a pesar del evidente rechazo de esta. En cada visita era normal escucharlo cantarle versos que hacían alusión a sus atributos físicos y, en especial, a su larga cabellera, detalles que a su enamorada no le causaban nada de gracia.

Como lo exigía su trabajo, el capitán pasaba días y noches navegando por otros mares, pero nunca sin olvidar a la mujer que lo inspiraba. Un día, en ese ir y venir, cuentan que regresó al municipio y se encontró con una gran celebración en medio de los carnavales. Como ya sabía de su llegada, ella guardaba una gran sorpresa para desairar al capitán Bermúdez: había rapado su frondosa cabellera. Inmediatamente la vio, el descontento fue inevitable, pero la reacción del enamorado hombre fue muy a su estilo, con estrofas; “Te quería era por el pelo, te pelaste ya no te quiero, pilá pilandera, molé molendera”. A partir de ese hecho, se desencadenó el afecto escondido que ‘Maye’ como también era conocida, había comenzado a sentir por el dirigente, algo que ni ella se esperaba. Los versos gustaron y alegraron tanto el momento, que los asistentes comenzaron a reunirse más seguido a celebrar y se interesaron mucho más por el acontecimiento. Desde ese entonces, los versos que aquel día Encarnación Bermúdez le compuso a su amada, se cantan en lo que más adelante llamaron, “El Pilón Riohachero.”

Fue así, como un gran amor floreció la inspiración que ese día contagió a otros, hasta el día de hoy; que por cierto, no solo logró que Remedios aceptara al capitán, sino que dio frutos, porque además de hijos a la pareja, le dejó al carnaval una de las representaciones artísticas más significativa de las carnestolendas, que fue creciendo y robándose el corazón de los habitantes y visitantes del distrito. Después, vinieron muchos más personajes semejantes a estos, que han logrado mantener con vida estos festejos, como el recordado Francisco J. Brito y la reina vitalicia de las festividades, Nohelia “La Pipi” Mejía, quien por años ha dirigido las pilanderas de Riohacha. Con sus coloridas polleras y su especial sonrisa, es reconocida desde lejos en las calles de la capital guajira.

Estos y muchos personajes importantes, dentro de la figura de los emblemáticos embarradores, las mascaritas, los gallinazos, los macos y los negritos, han sembrado una semilla en nuestra tradición, que por más de 200 años se ha mantenido viva en los corazones de los habitantes, la misma que ese día mi amiga propagó en mí, inspirándome hoy a compartir esta vivencia; pero más de una buena historia, quisiera sembrar un interés hacia nuestras costumbres, el rescate de los valores culturales, el respeto por los hacedores de nuestra hermosa celebración,  las ganas de conocer más acerca de nuestro pasado, para que en el 2019, disfrutemos con orgullo este jolgorio.

Historia basada en el libro ‘El pilón y los embarradores de Riohacha’ de Orlando Vidal Joiro.

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