OPINION

Por: Giovanni De Piccoli

Uno de los temas más discutidos en todos los tiempos, entre los géneros artísticos, es la representación plástica de la dimensión erótica del ser humano. Sin profundizar en el origen etimológico de la palabra ‘erotismo’, es suficiente entender que su significado, desde lo mítico, procede del dios griego Eros, el cual posee muchas connotaciones, pero quizás la más aceptada es como el dios del amor, dentro de la esfera de lo sensual, sensorial y emocional, posee tres componentes de la erótica humana. Es hijo nada menos que de dos dioses mayores: Afrodita, diosa de la belleza y el amor, y el dios Hermes, mensajero de los dioses, mediador entre mortales e inmortales. Si se mira su procedencia, esta deidad simboliza, en esencia, la interacción y unión entre lo sublime del sentimiento y lo mundano del acto físico; vinculados, promueven, en últimas, la exaltación de los sentidos favoreciendo en la reproducción, por el acto sexual, la continuidad de las especies.

Erróneamente, dentro del campo del arte y sus obras escultóricas o pictóricas, se considera el desnudo, sea masculino o femenino, un tema erótico, y no es así; este arte plasmado en un lienzo, fotografía o mármol, no es otra cosa que la representación de la materia del ser humano en su completo sentido natural, en la gran mayoría de las veces, idealizado. El arte clásico griego evidencia el movimiento, la perfección y la hermosura del cuerpo asociado a un canon que se convirtió en un arquetipo, es decir, el sinónimo de belleza occidental, producto de obras como el ‘Discóbolo’ de Mirón o ‘Venus de Cnido’, de Praxíteles, que vemos reinterpretadas en los anuncios contemporáneos de una firma de alta costura: Versace. En su perfume llamado ‘Eros’, versión hombre y mujer, muestra la materia corpórea humana en armonía, proporción y estética en grado superlativo.

Si bien la sensualidad humana del cuerpo es intrínseca a su propia naturaleza, vista como ente corpóreo no tiene implicaciones eróticas, pues lo erótico es un producto de exaltación por medio de los sentidos, y aquello que hace que un cuerpo masculino o femenino sea considerado erótico es el deseo, la atracción y admiración de quien, por lógica acción, interactúa y se relaciona con él; acompañados también, si es el caso, de sentimientos y emociones más elevados. Lo erótico en el arte es mucho más osado; en cierta manera, explícito en sus mensajes y formas, ha sido representado por todas las civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad. Si se entiende que el arte es un bien social y representa lo que en una época fue la filosofía, dando origen a estilos muy bien definidos; el erotismo, siendo una condición humana, es también un hecho social, sea individual o colectivo.

El erotismo es el reflejo de prácticas culturales muy particulares, pero también genéricas que van asociadas a códigos de comportamiento propios de cada quien, que han hecho reevaluar los conceptos de cuerpo y género, al igual que el usufructo que hoy se hace de estos términos a través de los medios de comunicación y de representaciones artísticas. Esto se debe, principalmente, a que el arte jamás ha dado la espalda a la interacción entre el hombre y la mujer. Ya en el siglo XX, muchos tabúes y preconceptos fueron paulatinamente cambiando en la medida en que se percibió la sensualidad y la sexualidad humana; por lo tanto, el arte de esta época abordó el tema erótico de un modo más abierto; no obstante, debe quedar claro que este despertar no fue un hecho exclusivo de ese momento en el tiempo.

Los egipcios en la antigüedad mostraban su inclinación hacia el erotismo. Joseph Padró, experto en egiptología, manifestó que “el erotismo impregnaba la cultura egipcia, desde su particular cosmogonía hasta la vida cotidiana”. Lo que se evidencia en el famoso ‘Papiro Erótico de Turín’, una recopilación de ilustraciones, que bien podría hoy clasificarse como ‘XXX’, pero que en su momento fue el medio para expresar una cultura sin pudores y preconceptos a través del arte. Incluso, el erotismo sirvió como referencia para crear las transparencias en el vestuario que hoy son tan comunes ver en las principales pasarelas de moda en Londres, Milán y New York. Lo erótico en el arte también hace parte de lo cotidiano, y es algo tan común que dos museos importantes, el Centro Pompidou, en Paris —Francia— y el Thyssen-Bornemisza, en Madrid —España— han realizado muestras colectivas al respecto en las diferentes culturas del mundo, desde sus formas más ancestrales hasta la actualidad.

En ambas cabe resaltar el arte erótico africano, que desde sus orígenes resulta ser muy abstracto pero que, en medio de lo escultórico, revela formas entrelazadas y alargadas que se entremezclan y se fusionan dando una veracidad a la intención del artista en plasmar éxtasis, que de hecho van asociadas a estados espirituales más elevados. Muchos de estos artefactos de madera tallada son tótems místicos, empleados en rituales de fertilidad y de prosperidad donde lo erótico, más allá de la forma, es el fluir de energías que inundan lo material y espiritual, el cuerpo físico y el alma inmortal. Hoy, en pleno siglo XXI, este aspecto está inmerso casi en todo lo que significa difusión mediática. La utilización del cuerpo para erotizar los sentidos es muy frecuente, lo que lleva a reflexionar hasta dónde este tipo de manifestaciones, en esa época, es arte, qué se entiende por erótico actualmente y qué es pornografía.

Lo cierto es que los productos artísticos, en muchos de los ámbitos donde esté presente la manifestación plástica, son un cóctel cargado de estos ingredientes explosivos; resulta difícil establecer los límites entre el más puro Eros y la más cruda pornografía; peligrosamente, es una delgada línea que se traspasa a menudo, mancillando la pura naturaleza del Eros para transformarlo en objeto de deseo, que, expuesto, pasa a la esfera del instinto sin emoción, sentimiento y pasión.

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