arte wayuu

Por: Jairo Aguilar

Hace unos meses, mientras la artista colombiana Maía interpretaba de manera maravillosa el Salmo 97, durante la misa campal del santísimo Papa Francisco, no pude contener las lágrimas ante la gran interpretación de esta mujer costeña; a ello se le sumó la emoción de poder visualizar en los atuendos y en la logística del evento el arte wayúu. Tenía algo de conocimiento de la persona que se había encargado de realizar estos simples pero sublimes detalles: la artesana Iris Aguilar, mi tía; una persona a la cual le tengo profunda admiración y respeto, y quien el pasado 13 de diciembre recibió la Medalla a la Maestría Artesanal Maestro de Maestros. Con ella aprendí a conocer y valorar el arte wayúu.

Para poder culminar mi carrera profesional de Derecho en Santa Marta, a través de una compañera de clases de mi hermana mayor, logré tener un espacio en el pabellón de stand de los cruceros que por ese tiempo visitaban el puerto de la ciudad. Como ya vendía en mi universidad, de manera esporádica, uno que otro chinchorro y mochila wayúu, pensé que ese era el momento y lugar preciso para maximizar la labor que venía realizando con el fin de costear parte de mis estudios. Fue así como me tomé el atrevimiento de pedirle el apoyo a mi talentosa tía, que con ese corazón tan noble, sin mediar palabra, dijo que contara con eso.

Los cruceros llegaban los jueves y fines de semana; ella me acompañaba algunas ocasiones para la venta de los artículos. La primera vez que iniciamos con el stand, ahí estaba conmigo, lo decoramos de forma muy autóctona y representativa de la cultura que ella exaltaba con cada una de sus creaciones: mochilas, mantas, chinchorros y la popular sirra, su carta de presentación ante el mundo. Estaba un poco angustiado; no habíamos vendido nada y comenzaban a irse los cruceros; trataba de hacerme entender con mi inglés poco fluido, mientras mi tía seguía tejiendo, como en un estado de meditación que hasta el momento yo no entendía. La compra del día fue un chinchorro y dos mochilas a dos ciudadanas de origen holandés.

Al finalizar la jornada, cuando contaba el dinero, estando bastante desmotivado, mi tía me dio la primera lección espiritual que recibí en la vida; me dijo: “Sobrino, para el artesano, primero es lo interior; cada puntada se construye en el silencio, es inspiración y significa estar en el espíritu. Ninguno de los procesos, ya sea de creación, culminación y puesta en venta del producto, es más importante que el otro; es como dar un hijo a luz, todo es perfecto”.

Ese día comprendí que una mochila no es simplemente un producto, por eso, ya hace un buen tiempo escribí un artículo exaltando esta pieza. Uno a uno, los consejos de mi tía se fueron calando en mi corazón. En alguna ocasión, estando en el stand mientras leía uno de mis libros preferidos, ‘El Poder del Ahora’ de Eckhart Tolle, simultáneamente, mi tía tejía sus artículos wayúu. Al terminar con nuestros hobbies, compartíamos las enseñanzas de mi libro y su arte, para concluir que, así como la teoría de Tolle se basa en el momento presente, el pasado no existe porque ya pasó y el futuro nadie lo sabe; de igual manera, el artesano wayúu construye en el presente, en ese instante trae los colores e imágenes a su mente y utiliza sus manos como instrumento de transición; no puede estar en el pasado ni divagar en el futuro, debe estar completamente compenetrado en el momento presente.

En ese tiempo con mi tía tuve tan gran crecimiento espiritual, que hasta el día de hoy lo sigo aplicando en cada uno de mis artículos. Recuerdo la primera vez que se me invitó a escribir en esta prestigiosa revista, fue porque su directora, curiosa, detallista y muy observadora, se dio cuenta de la publicación que subí un día en una red social, una foto de mi tía en la que citaba: “Mi tía Iris Aguilar, de quien he aprendido las más hermosas enseñanzas espirituales en los últimos tiempos”. La invitación de Mercy Fernández a trasmitir estas enseñanzas a sus lectores me ha llevado a seguir navegando en el viaje hacia lo interior.

Iris Aguilar ha participado en los más grandes pabellones artesanales del mundo; China, París y Alemania han conocido del arte wayúu que ella ha expuesto con sus artículos. Desde que tengo uso de razón, mi tía ha tenido una lucha incansable por el respeto a la denominación de origen, por las garantías laborales para quienes se dedican a difundir este arte y para combatir el desconocimiento con que en algunas ocasiones utilizan el tejido wayúu para fusionarlo con productos de otros materiales, y aun así querer llamarlo arte wayúu. La calidez que irradia mi tía no tiene igual; hoy, en su octava década, sigue siendo como una niña de 15 años, siempre con una sonrisa y una mano para ayudar. Por eso, ese día cuando Maía cantaba, sentí una gran satisfacción, pues el Salmo 97 menciona la victoria de Dios en las naciones y creo que mi tía en esa fecha comenzó también su victoria, ya que poco a poco los colombianos están entendiendo que existe un pueblo que, aunque ha sufrido, se mantiene de pie y fuerte, convencido de que su interior es el único camino para poder transformar la realidad que hoy nos embarga.

El arte wayúu no se debe exponer sin tener conocimiento; es como cantar una canción sin contenido ni enseñanza, es letra muerta; esa ha sido la bandera y la constante de mi tía. Ojalá todos pudieran conocer el trabajo de ella en su ranchería Makú, su universo, el cual busca siempre plasmar en su trabajo, ya sea en colores, texturas o diseños. Estoy seguro de que mi tía, cuando se sienta a tejer en cualquier parte del mundo donde esté, ella está en su universo. El Papa dejó un mensaje de paz y unidad para todos los colombianos, el cual espero que se mantenga como una llama viva en nuestros corazones. Le doy gracias a la vida por haberme permitido ver con mis ojos el momento en que el arte wayúu se volvió uno solo con la espiritualidad.

Namasté, amor y luz siempre tía.

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