adopcion

EDITADO POR ENFOQUE CARIBE

A pesar de que Eduardo Oliva estaba determinado a no tener hijos, decidió empezar el proceso de adopción junto a su esposa, quien anhelaba ser madre pero no pudo quedar embarazada luego de que su matriz fuese extraída debido a un fuerte cuadro de endometriosis. Así, iniciaron los trámites en abril de 2009. Tras pasar por un arduo periodo donde ambos fueron evaluados en el ámbito psicológico, socioeconómico, entre otros, a principios de junio les avisaron que conocerían a su futura hija. En ese momento, Eduardo continuaba desmotivado y apático ante el hecho de ser padre, pero todo cambió cuando tuvo en sus brazos a la pequeña: “En cuanto la cargué, todo mi pensamiento y manera egoísta de vivir cambió, porque surgió algo súper significativo en mí; me enamoré a primera vista de Regina”, expresa. Después, vivieron una segunda fase en la que se observó cómo la bebé se relacionaba con ellos; finalmente, fueron aprobados y pudieron llevársela a casa. Estando en su nuevo cuarto, él cuenta: “Me quedé dormido allí, tomándole la mano toda la noche, ella en la cuna y yo en el suelo; desde ahí nació ese compromiso de paternidad y amor por ella”.

Casos como este se dan alrededor del mundo; tan solo en Colombia anualmente se le asigna una nueva familia a 2.000 niños, aproximadamente, aunque a finales de 2016 quedaron en espera cerca de 11.000; esto, de acuerdo al ICBF —Instituto Colombiano de Bienestar Familiar—, la única autoridad a nivel nacional a través de la que se realiza el Programa de Adopción y se faculta a otras instituciones para que gestionen tales procesos. La psicóloga clínica miembro del ICBF seccional Atlántico, Nazhly D’Anetra, explica que existen varios motivos por los que los menores son dados a adopción: “Algunos papás no cuentan con recursos económicos, sus condiciones no les permiten brindarles todos los cuidados y la atención que necesitan; a veces, existe un rechazo y falta de afecto por ellos. En otros casos, han delegado el cuidado de sus hijos, desde muy pequeños, a terceras personas, sin tener vínculo con ellos y, por eso, determinan entregarlos”. Por tal razón, los infantes son los más beneficiados de esta práctica, dado que se les permite encontrar un lugar donde reciban protección, seguridad y cariño.

Quienes estén interesados en adoptar, deben someterse a un exhaustivo proceso que inicia con la aplicación de una solicitud ante el ICBF o entidades autorizadas, para lo cual deben cumplir con los siguientes requisitos, estipulados por el Código de la Infancia y la Adolescencia —Ley 1098 de 2006—: ser, como mínimo, de 25 años, y tener al menos 15 años más que el niño o joven. Cabe resaltar que se permite que las personas tengan otros hijos, sean solteras, divorciadas o vivan en unión libre; asimismo, puede postularse el compañero permanente de la madre o padre biológico —sea del mismo sexo o no—. Luego de presentar los papeles correspondientes, si cumplen con las especificaciones, comienza la primera fase que consiste en un diagnóstico que realiza la institución a través de múltiples entrevistas para determinar si poseen la capacidad física, mental, moral y social necesaria para criar a un menor. Por su parte, los extranjeros que busquen adoptar en Colombia, harán el proceso a través de las agencias de sus respectivos países y de acuerdo al Convenio de la Haya y de la Apostille.

Al pasar a la segunda fase, son remitidos al comité regional, que hace una evaluación más a fondo e integral. En esta instancia, es posible que las personas deban esperar unos meses; sin embargo, tendrán preferencia quienes soliciten niños con características y necesidades especiales, es decir, “mayores de 10 años, que no son de mucha motivación para las familias; niños que conforman grupos de hermanos, porque a veces no están interesados en adoptar más de uno; asimismo, aquellos que tienen condiciones particulares de salud, ya sean enfermedades físicas o alguna discapacidad”, explica Nazhly D’Anetra. Después de ser aprobados por el comité, prosiguen a la tercera fase, que se trata del tiempo de espera mientras se les asigna un niño a los adoptantes. Llegado el momento, logran conocer al que sería su futuro hijo o hija; aquí, viven un cuarto periodo en el que se observa si se da empatía entre ambas partes. De ser así, consiguen la aprobación de la institución y se convierten en los padres del infante.

En última instancia, durante los primeros dos años que conviven juntos, la entidad autorizada realiza un seguimiento a fin de cerciorarse de que el niño se encuentre bien y se desarrolle integralmente; también, tienen en cuenta la forma como los padres le dan a entender la procedencia del menor, dado que posee todo el derecho de conocer su familia biológica, de acuerdo a la Ley 1098. Durante su crecimiento, es recomendable criarlo igual a cualquier otro infante o joven, siempre rodeándolo de afecto, un ambiente de armonía y dándole una buena educación en valores. En algunas oportunidades es posible que se den las llamadas adopciones fallidas —aquellas en que no se da empatía entre adoptantes y el menor—, aunque la psicóloga Nazhly asegura que son poco usuales. En el peor de los casos, los pequeños sufren violencia o vulneración de sus derechos; de saber una situación como esta, se debe informar al ICBF. Remítase a esta entidad para obtener mayor información; también, puede contactar a instituciones autorizadas, como Los Pisingos y la Casa de la Madre y el Niño, ambas ubicadas en Bogotá.

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