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Por: Giovanni de Piccoli

El tiempo: durante toda la existencia del ser humano, a pesar de los logros tecnológicos y avances científicos, el hombre no ha podido detenerlo, congelarlo, dominarlo o simplemente manipularlo. Nada escapa a este y a sus efectos destructores, puesto que las arenas del mismo terminan por cubrir todo cuanto existe, llevándolo al olvido. ¿Quién no desearía tener vida eterna? ¿Vivir para siempre? De alguna forma, la industria farmacéutica y química nos vende la ilusión de que con ungüentos, cremas y píldoras nos mantendremos jóvenes y bellos, y así el paso de los años se detendrá en la piel y el cuerpo; una fantasía, como la famosa fuente de la juventud. Sí, tal vez se pueda en apariencia reducir las marcas del envejecimiento, minimizar las arrugas; se podrá comprar todos los productos anti-age, pero honestamente sabemos que el tiempo es lo único que no se puede comprar ni obtener.

Desde las más antiguas civilizaciones hasta nuestros días, la fascinación por el tiempo es casi una obsesión; medir los días, meses y años es la respuesta a entender los ciclos naturales de la vida y de todos los seres vivientes; por lo tanto, aparecen los calendarios. Dos de los más precisos son ‘La Piedra del Sol’, de la civilización precolombina Azteca, y el ‘Calendario Maya’, que predecía la extinción del mundo en el año 2012; rodeado de mitos, leyendas y de cábalas metafísicas, que al final fueron solo eso, una forma alegórica de explicar los cambios, las mutaciones y estados de transformación en el transcurrir de décadas, centurias y milenios, en donde el tiempo termina por aniquilar todo, y no solo lo natural, sino también lo que ha sido creado artificialmente por el ser humano, desapareciendo o dejando en ruina sus más altos logros.

Sorprende pensar que hace más de 3.000 años atrás, la Pirámide de Keops, en Egipto, estaba recubierta de mármol y en su arista superior existía un piramidión, pieza elaborada en oro macizo y que refulgía brillante a varios kilómetros de distancia; hoy, en las arenas del tiempo, evidencia la grandeza y majestuosidad de un pasado deteriorado por el paso inexorable de las épocas sucesivas, que erosionan la piedra más fuerte o el metal más resistente. El hombre ha asociado el tiempo a las estrellas, creó los zodiacos y vio en ellos la influencia de los astros, las constelaciones y los episodios con periodos temporales de 12 meses, pero pocos saben que los zodiacos y calendarios tenían 13 meses con igual número de días y 13 signos zodiacales; el signo perdido es Ofiuco, que traduce ofidio o serpiente, y por obvias razones el calendario gregoriano lo eliminó del ciclo.

Los celtas manejaron un calendario de 13 árboles sagrados y los chinos tienen otro de coloridos animales. Para los griegos y los romanos, el tiempo era un titán abominable llamado Cronos y Urano respectivamente, y las estaciones estaban regidas por periodos de celebraciones con fechas y deidades a las cuales se les rendía culto por sus interacciones con este. Siembras y cosechas estaban determinadas por épocas muy precisas y a la medida de los movientes de la tierra y el sol; por lo tanto, este es un orden cósmico y de origen celestial. Solo la ciencia ficción ha demostrado cómo es un viaje en el tiempo, se puede ir al pasado o al futuro; pero la ficción, como todo, puede volverse realidad y se cree que es posible hacer viajes temporales usando agujeros de gusano o los llamados puentes Einstein-Rosen. Hoy, el tiempo está regido por 365 días, cerrando justo en estos momentos para volver a iniciar y renacer una vez más, en un nuevo año y comienzo, nuevas expectativas que serán mutables y cambiantes, sin que se nos diga o informe cuándo esos cambios ocurrirán, para bien o para mal.

Cada año lo vivimos frenéticamente, el tiempo parece pasar más rápido sin a veces percibir que necesitamos de él:

Tiempo para dar un abrazo.

Tiempo para dar un beso.

Tiempo para hablar calmadamente.

Tiempo para escuchar con atención.

Tiempo para compartir con los seres queridos…

Esos tiempos no son perdidos, tampoco es algo que se pueda recuperar, como tampoco serán tiempos que se repetirán o se volverán a vivir, pues lo que fue, fue, y dejó de ser.

Atesoremos cada segundo, cada minuto, cada hora con aquellos que amamos, solo así, el tiempo, ese imposible de dominar, se convierte en memoria y este permanece venciéndolo por medio del recuerdo; esas memorias bellas y llenas de encanto son la perdurabilidad que se traduce en una existencia plena de acontecimientos inolvidables; por lo tanto, siempre presentes y memorables, haciendo de nuestra propia existencia momentos inmortales como inmortal es la vida del espíritu. En un año que se avecina y el tiempo que se escapa entre las horas que pasan, la única forma de detenerlo es crear memorias bellas todos los días con quienes nos rodean. Es tan sencillo hacerlo; solo es dedicar al día, así sea un minuto, para dar un beso, un abrazo, regalar una sonrisa y tomarse de las manos; decir te quiero o te extraño… ¿Qué tanto te llevó hacer lo anterior? Instantes… y, sin embargo, es en el recordar de este dar, la certeza de que no se dejó pasar el tiempo.

Ana Marina Córdoba

IN MEMORIAN

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