SER DE LUZ

Por: Jairo Aguilar Deluque

DESTACADO. Este texto es un relato inspirado en la vida de los ciclistas colombianos, en especial, de Rigoberto Urán, con lo que se busca resaltar la forma en que estos deportistas consiguen el triunfo a pesar de experimentar distintas pruebas y dificultades.

Al cruzar la meta, aún con el corazón palpitando a mil, en medio del sudor y la alegría que de mi pecho desbordaban, llegaron a mi mente muchos recuerdos: aquel despertar temprano para llevar a mi hermanita al colegio, asomar mi mirada y perderme entre las verdes montañas de mi tierra antes de ir a montar bicicleta; ver a mi padre sonreír con su taza de café mañanera, dándome consejos sobre cómo vivir y el respeto a esta disciplina deportiva. La vida es hermosa con sus momentos malos y buenos. Desde muy niño trabajando para ayudar a mis viejos, me sentía feliz porque vendía esperanzas y sueños. La gente me compraba números para cambiar algún día los duros tiempos. Todos los días me imaginaba siendo grande para que mi madre no sufriera tanto.

Con el pasar de los años, me di cuenta que muchos en el campo anhelan la ciudad y los de la urbe esperan algún día perderse en la naturaleza, olvidando que allí también hay tristezas, que en la época de violencia la sangre tiñó de rojo el verde de las montañas, como aquel día en que mi padre se fue para nunca más volver. A mi papá lo asesinaron, y con él se llevaron gran parte de mi sonrisa. Yo acostumbro a reír todo el tiempo, pero nadie sabe el sufrimiento tan grande que hay detrás de mi risa. A pesar de lo duro que puede ser la vida, no pudieron acabar con los anhelos de mi corazón; mientras trabajaba y estudiaba para ser alguien, la oportunidad tocó a mi puerta.

Ese día me detuve y puse mi vista sobre la plaza de mi pueblo; muchos niños con uniformes y bicicletas nuevas, esperaban la salida de la carrera que estaba por comenzar. Corrí lo que más pude hasta mi casa, tomé prestado los tenis de mi tío, el uniforme viejo que había dejado mi padre y el tesoro más grande que aún colgaba en la pared de la casa de mi abuela: una bicicleta BMX, muy distante a aquellas todoterreno que acababa de verle a los chicos en la plaza. Llegué tan rápido como me fue posible para iniciar la competencia; entre súplicas y ruegos, me acerqué a la inscripción, y aunque todos me miraban como mosca en leche por mi atuendo y mi pequeño caballito de hierro, para mí era más importante poner en marcha los anhelos de mi corazón. Ese día les gané a todos, igual que al hambre y a la tristeza. Desde ese entonces, siempre al cruzar la meta imagino a mi papá esperándome con los brazos abiertos.

Logré terminar mis estudios después de miles de dificultades y por mis hazañas ciclistas mi nombre comenzó a escucharse en todo el departamento hasta llegar a la ciudad capital. Fue de esa manera como pude fichar en el mejor equipo a nivel nacional; pasaron años y di el salto al sueño más importante de mi vida: correr en Europa. Lejos de mi país, con un idioma que no entendía, en medio de la soledad y el frío, labré caminos de esperanzas para mi destino. Dios, como aquel ángel guardián, me puso en un nuevo hogar, con padres extraordinarios con los que me pude comunicar a través de las señas y relacionarme con el lenguaje universal del amor. Fueron mi sustento en los momentos más oscuros, entre caídas y lesiones siempre me animaron a levantarme y seguir adelante.

Dios todos los días enviaba sus ángeles guardianes y me recordaba a cada instante que estaba hecho para cosas grandes. A una de las carreras más importantes de mi vida llegué de la misma forma como comenzó esta historia, sin planearlo, sin tenerlo pensado; fui seleccionado al primer equipo nacional para representar a mi país en los Juegos Olímpicos. En aquella carrera, antes de cruzar la meta, alcé la mirada, tomé un poco de aire y en milésimas de segundo perdí el sueño de vestirme de oro. Muchos me juzgaron y creyeron que todo estaba perdido, pero yo seguía con mi firme convicción de poner mi nombre en lo más alto del ciclismo mundial.

Las potencias mundiales del ciclismo forman vencedores, desde muy niños les brindan todas las ventajas —educación, oportunidades laborales para su familia, una buena nutrición— y lo indispensable para que el futuro campeón solo dedique tiempo e importancia a su formación atlética. Al contrario de mi pueblo, se luchaba a pulso haciendo mandados entre las laderas de las montañas, con las necesidades básicas acechando a nuestras espaldas. Las bicicletas son anhelos en las fiestas decembrinas y las herramientas deportivas son los ahorros de las mesadas. Ser ganadores en la tierra natal implica derrotar la desesperanza.

Poco a poco, mi nombre comenzó a sonar en todo el mundo, con ello vinieron las grandes vueltas ciclísticas, pude coronar por fin mi primera etapa en una vuelta importante, hasta que un día, por lo hermoso que son los golpes del destino, me hice a un segundo lugar en el Tour de Francia. Mi sonrisa hoy es referente a identidad, sigo siendo aquel niño campesino que no ha dejado de soñar. Me puedo vestir de rosado, rojo o amarillo, pero nunca dejaré de ser quien soy. Hoy, que la vida me regala las mieles del triunfo, son más fuertes mis ganas de luchar. La gente se pregunta por qué soy tan despachado a la hora de hablar, creo que se debe a que me crié lejos de las máscaras superficiales y muy cerca de la identidad y nobleza de un joven campesino. Esta es mi vida, este es el diario vivir de un muchacho que entre pedaleos sueña con un mejor país, superando las adversidades para valorar las oportunidades.

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