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Por: Germán Hennessey

Para ganar un sencillo partido de tenis, un jugador debe lograr 48 puntos, distribuidos en dos sets —en este caso, dos de tres; en otros casos, tres de cinco—, conformados por seis games que se ganan con cuatro bolas buenas. En total, 24 pequeños triunfos; claro está, el contrincante puede obtener otra cantidad de ellos. Los puntos significan que uno de los dos jugadores puso la pelota en movimiento con un saque; a quien le corresponda hacerlo, se enfoca en ganar ese servicio, sin pensar en los games ni sets que le faltan, ni en los que ya ganó o perdió, solo en el que está jugando. Un buen atleta de maratón hace algo similar; afronta los 42 kilómetros de la carrera, kilómetro por kilómetro; no tiene en mente lo que le falta por recorrer ni cuándo llegará a la meta; solamente ve frente a sí el siguiente kilómetro y se enfoca en correrlo bien. Esa característica hace parte de un perfil de personas que se conoce como ‘mentalidad de crecimiento’; su opuesto, el otro perfil, se denomina ‘mentalidad fija’.

Mentalidad fija

Es claro que hay gente talentosa. La lista de personas que parecen haber nacido con una capacidad especial en algún campo es indeterminada. Algunas asumen que su inteligencia o habilidad es un rasgo de su personalidad y que será permanente, de manera que confían que ese don o característica los llevará a un éxito seguro. Se pueden acostumbrar a ganar en cada evento que participan o estar en superioridad a otros, habituándose al triunfo, basados en la cualidad o virtud. Requieren mucha aceptación y valoración afectiva, es decir, que los exalten o reconozcan por ello. El día que no ganan o no obtienen el resultado esperado, posiblemente se sentirán perdedores y fracasados, además de sorprendidos, porque consideraban que su talento debía ser suficiente.

Aquellos que suelen confiar en su habilidad pueden abandonar el proyecto ante una pequeña derrota o desistir de continuar en la carrera o el programa en que participan. Hay personas talentosas o con una gran cualidad que, siendo conscientes de su don, aceptan que deben esforzarse y trabajar con disciplina para lograr el resultado esperado. Otros, que no tienen la misma capacidad, saben también que si se dedican con juicio y compromiso, y se concentran en realizar paso a paso las actividades requeridas, podrán llegar exitosamente a la meta. Son personas con mentalidad de crecimiento.

Mentalidad de crecimiento

La investigadora Carol Dweck, profesora de psicología en la Universidad Stanford, encontró en sus estudios estos dos perfiles. Los de mentalidad de crecimiento asumen que deben desarrollar y mejorar sus habilidades con dedicación, trabajo arduo y continuo, esforzándose con disciplina, aprendiendo que un error es solo parte del proceso o del proyecto; y comprendiendo que requieren apoyo de otros, por lo cual buscan consejo, retroalimentación y orientación.

La siguiente acción

El concepto de mentalidad de crecimiento, combinado con otras experiencias, nos lleva a la moraleja del inicio: enfocarse en el punto por jugar, en el kilómetro por recorrer, en la acción siguiente a realizar. Frente a la escalera, en vez de centrarse en el final del recorrido, nos enfocamos en el escalón continuo. Después de decidir un objetivo retador, inspirador y alcanzable, lo aconsejable es dividir el camino o la ruta en fases o etapas, cada una con una meta concreta, específica y medible. Y avanzar concentrado en ello y en el paso próximo a tomar.

Cuando alguien se enfoca solo en la meta y empieza a verla lejana o a sentir que avanza lento, es más probable que desista o se rinda. Al momento de ver el éxito o el objetivo como el final de un camino o un proceso con etapas, es más fácil enfocarse en el logro cercano, en la acción siguiente para ser ejecutada, y obtener ese triunfo parcial. Progresando paso a paso, celebrando victorias pequeñas —como he explicado en anteriores artículos— podrá verse mejor el esfuerzo realizado, la motivación puede subir y aproximarse al gran propósito tornándose alcanzable.

Asumir cada proyecto con mentalidad de crecimiento nos hace comprender que el error es parte del proceso mismo, por lo cual podemos dedicarnos a sacar provecho de las faltas o los fracasos, analizando las acciones ejecutadas con objetividad para encontrar la causa del problema, poder corregir y mejorar. El tercer aspecto de este enfoque propuesto es trabajar y aprender con los demás. Cuando aceptas el camino como un procedimiento, acción por acción, entiendes que para lograrlo requieres apoyo de otros, quienes podrán darte consejos, brindarte recursos, ayudarte a reflexionar y darte una mano para avanzar.

Cambiar y ayudar a cambiar

Los padres suelen exaltar a los hijos por sus talentos, los elogian y estimulan, les dicen que son buenos y que tendrán éxito en la vida porque poseen una gran cualidad. A esa motivación paterna debemos sumarle que nuestros hijos aprendan que el camino al éxito no está asegurado por este, sino por el trabajo disciplinado, acción por acción, de manera que con la disciplina, esfuerzo, dedicación y compromiso personal, pueden lograrse mejores resultados que si se depende solo del don natural.

Así que cuando tu hijo, o alguien con quien trabajas, se sienta desfallecer porque aún no cumple el propósito esperado, puedes orientarlo a reflexionar cuál es la siguiente acción que puede realizar, cuál es el próximo paso que debe ejecutar para retomar el camino y avanzar. Cuando seas tú quien se encuentre en esa situación, respira profundo, confía que lo puedes alcanzar y pregúntate: y ahora, ¿qué puedo hacer?, ¿cuál es la siguiente acción que debo realizar para progresar? Con esa nueva mentalidad, seguro podrás lograrlo.

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