“Si el estado tuviera perspectiva de género, si fuera entonces más democrático, no habría tolerancia social a la violencia hacia las mujeres y por lo tanto al feminicidio”

Marcela Lagarde

Por: Fabrina Acosta Contreras

El departamento de La Guajira es llamado por el antropólogo Weildler Guerra (2014) “reserva de la imaginación”, esta designación obedece a que en ese territorio se producen las más significativas riquezas históricas y culturales que, a su vez, generan en sus habitantes estilos de personalidad, que van desde las amplias formas de expresión de sentimientos, hasta la facilidad para vivir las amistades con fraternidad familiar. Es común encontrar a compositores e intérpretes de música vallenata, pintores o poetas con capacidades artísticas, lo que podría llevar a pensar que es un territorio con bajos índices de violencia. Sin embargo, su cotidianidad está inmersa en paradigmas patriarcales que delimitan las relaciones de hombres y mujeres; como ocurre, por ejemplo, con la aprobación social de la promiscuidad masculina; el control de la vida de las mujeres o la aceptación de conductas violentas en los hombres, considerándolas como naturales y propias de su género.

VIOLENCIA DE GÉNERO

Se considera como una forma específica de ejercer poder y dominación caracterizada por la desigualdad en la relación entre hombres y mujeres, un escenario donde ellas son las más vulneradas en sus derechos. De tal manera, se puede afirmar que la violencia contiene y responde a factores biológicos, psicológicos, psicosociales, simbólico-culturales, políticos, éticos e históricos (Pérez, Duarte & Noroña, 2001, p.534).

IMAGINARIOS SOCIALES

El concepto de ‘imaginarios sociales’, enmarcado en el criterio de Castoriadis (1975), se entienden como los que influyen en la idea que se tiene de algo y de su forma de funcionar; estos conforman un escenario amplio que puede ir desde las relaciones entre personas hasta la influencia de las instituciones. “Se construyen de manera colectiva y se sostienen durante mucho tiempo por lo sólidos que se vuelven al transmitirse culturalmente de generación en generación.” (Vásquez, R., 2012. Imaginarios de ciudad y violencia de pareja en Barranquilla desde la perspectiva de género. Pensamiento Americano. 29-35). Los arraigos culturales que determinan roles de género basados solo en éstos, no tienen que ver con las capacidades que mujeres u hombres poseen; pues, se afianzan las visiones sexistas que solo propician mayores desigualdades y, derivadas de ellas, se generan las violencias de género.

LA GUAJIRA Y RIOHACHA

En este orden de ideas, es importante mencionar que Riohacha mantiene altos índices de violencia de género, producto de los imaginarios sociales que existen respecto a la misma. Según Medicina Legal, en el año 2015 se presentaron 239 casos, de los cuales 219 de las denunciantes eran mujeres y 20 hombres. Otras cifras de esta entidad, publicadas en la revista Forensis, reportaban en el año 2014 que el 41.4% de las mujeres del departamento de La Guajira alguna vez habían recibido agresiones físicas, el 12.8% violencia sexual y el 22.3% de las mujeres de Riohacha experimentaron violencia intrafamiliar.

COLOMBIA

Por otro lado, el panorama nacional tampoco es esperanzador; según datos publicados en la Revista colombiana de Medicina Legal y Ciencias Forenses, “durante el primer semestre del 2013 fueron asesinadas 514 mujeres en Colombia. En los primeros seis meses del 2013 se registraron 15.640 casos de violencia intrafamiliar en el país. Adicionalmente, se denunciaron 12.048 hechos que involucran la violencia de pareja en donde el 90% las víctimas son mujeres” (Instituto Nacional de Medicina Legal, 2013); de acuerdo a las cifras reportadas, las féminas siguen siendo las mayores víctimas. Así mismo, “y de acuerdo a las denuncias de violencia de género atendidas por las 52 Casas de Justicia en el país, el consolidado nacional muestra que, entre enero de 2002 y diciembre de 2009, se atendieron un total de 8.073.242 denuncias. Solo en el segundo semestre del año 2009 fueron recibidas 643.855 solicitudes. De estas, el 56,2% fueron realizadas por mujeres” (Construcción de las Políticas Públicas de Mujeres en Barranquilla para el Fortalecimiento de la Red del Buen Trato, 2011).

LAS ESTRATEGIAS Y LA NORMATIVIDAD: ¿EFECTIVAS O INSUFICIENTES?

Es importante afirmar que Colombia es uno de los países que más leyes ha sancionado a favor de erradicar la violencia de género, y aun así, los altos índices de la misma persisten; en adelante se presentan algunos ejemplos de las leyes recientes dirigidas a mejorar las condiciones de las mujeres y el ejercicio de sus derechos:

  • Ley 1257 del 2008: “Por la cual, se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres”.
  • Ley 1468 del 2011: descanso remunerado en la época del parto, prohibición de despido en esta etapa y otras.
  • Ley 1542 de 2012: elimina el carácter de querellable y desistible del delito de violencia intrafamiliar, tipificado en los artículos 229 y 233 del Código Penal.
  • Ley 1773 de 2016: denominada ‘Natalia Ponce de León’, en la que aumentan las penas para los ataques con químicos, ácidos o sustancias similares.
  • Ley 1761 de 2015: ‘Rosa Elvira Cely’. Tipificación del “feminicidio como un delito autónomo para garantizar la investigación y sanción de las violencias contra las mujeres por motivos de género”.

Esto lleva a reflexionar respecto a que, además de la normatividad, se requieren procesos de sensibilización y transformación social y personal que permitan desnaturalizar las violencias y cambiar los imaginarios sociales; es decir, no basta lo punitivo, dado que, a pesar de las leyes que existen, los índices son altos.

LA VIOLENCIA DE GÉNERO: MÁS ALLÁ DE ‘LOS TRAPITOS SUCIOS SE LAVAN EN CASA’

Por ello, es muy valioso que en La Guajira se comience a percibir el tema de la inequidad e igualdad de género como un asunto público; en otras palabras, un problema político, cultural y social que afecta a todos y todas. Desde el enfoque de derechos y desarrollo humano integral, reconociendo sus dimensiones multicausales que no se pueden enmarcar en una receta de solución, pero sí se pueden considerar procesos preventivos que permitan desnaturalizar algunos paradigmas patriarcales que impiden el logro de la igualdad entre géneros; pues este tipo de agresión no es un asunto de “marido y mujer”, donde “los trapitos sucios se lavan en casa”; y, si estos imaginarios se transforman, seguro que se evitarían tantos feminicidios y maltratos que se registran. En este sentido, es fundamental mencionar que no basta la normatividad ni el conocimiento de ésta, si no existe un proceso en el SER, de sensibilización, transformación y consciencia de las violencias, que implica la solidaridad con las víctimas, el castigo social a victimarios o la no aceptación de ninguna de las formas de violencias.

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