Por: Jairo Aguilar Deluque

Tuve la dicha de haber crecido en un conjunto cerrado, compuesto por 28 casas, ubicado frente al mar Caribe colombiano; lejos de las tablets y del Internet. En ese tiempo, pasaba todo el día jugando fútbol, ‘policías y ladrones’, ‘el beso robado’ y ‘la lleva’; diversión que la modernidad les ha ido quitando a la infancia de ahora. Desde que éramos niños, en ‘Villa del Mar’, como se llama el conjunto donde vivo, nos hemos criado como hermanos; hicimos de las 28 familias una sola y así ha sido siempre. Hace unos días organizamos un reencuentro, pues muchos de nosotros ya estamos mayores, casados y con responsabilidades; además, algunos viven en otras ciudades con sus familias, lo que imposibilita que podamos encontrarnos con frecuencia, incluso en vacaciones.

Finalmente, lo pudimos hacer en el marco del Festival Francisco el Hombre, fecha en la que la mayoría pudimos estar en la ciudad. Durante ese día, recordamos vivencias que fueron muy especiales en nuestras vidas; cada uno le colocó a esos instantes su ingrediente particular, haciendo aún más especial los días que compartimos juntos. Entonces, llegamos a la conclusión de que esas experiencias, llamadas ‘Villa del Mar’, fueron y serán por siempre los más felices; pues, en ese espacio de plenitud, que era nuestro amado conjunto, aprendimos a caminar, nadar y sentir.

El evento lo organizamos en el quiosco; y aunque ya no es lo mismo, pues ahora tiene columnas de cemento y tejas de aluminio el anterior, de madera y palma, hace algunos años que se vino abajo—, para nosotros siempre será el más maravilloso del mundo; donde celebramos cumpleaños, fiestas, parrandas, partidos de fútbol y torneos de dominó. En ese pequeño espacio también nos tomamos las fotos de la reunión, porque para todos tiene un gran significado y eso nos llena de nostalgia. La vida está llena de momentos; por eso, cada uno debe ser vivido a plenitud, siempre con gratitud por habernos permitido compartir ahí, por varias generaciones.

Todo el tiempo nos hemos tratado como hermanos. De hecho, la gente suele preguntarnos por qué nos queremos tanto o si tenemos la misma sangre, y muchas veces solo les respondemos con una sonrisa, pues sabemos que en verdad sí lo somos: hermanos de sueños y luchas. Fuimos formados como personas de bien, lejos de la opulencia y las cosas vanas, pero cerca al amor y el respeto; nuestros padres nos brindaron la oportunidad de habernos criado ahí y sus sacrificios valieron la pena. Hoy sentimos como propio el dolor de aquellas personas que han partido: el señor Ever, las señoras Islena e Isabel, entre muchos otros, por los cuales sentimos un inmenso cariño y afecto.

Todos fueron parte de esta ‘gran familia’, y como dice Santino: “Hasta la muerte, chata”; así ha sido siempre. Nos respaldamos cuando sabemos que alguno la está pasando mal; nos llamamos y nos damos fuerza. Gracias a esto, con los años descubrí que la verdadera amistad es esa que se mantiene en el tiempo, forjada a través de hermosos recuerdos; esa que nos permite descubrir su verdadero poder. A esta hermandad se le puede dar un significado y para nosotros es el quiosco; la amistad es compartir y es ahí donde nosotros lo hemos hecho. Hay días en que me asomo por la ventana de mi cuarto y veo a mis sobrinos jugar en él,  siento como si viajara en el tiempo; hay un misticismo en este lugar o simplemente es el amor de quienes confluyen ahí el que lo hace especial.

El reencuentro nos permitió descubrirnos nuevamente, con nuevas facetas, como la de padres de familia; sabemos que cada uno de los valores que aprendimos en nuestra formación, nuestros hijos los adquirirán. Quiero que los míos que aún no han nacido conozcan a sus tíos y hagan parte de este ‘gran linaje’, que se rían de nuestras historias, sientan que pueden contar con mis hermanos y sepan todo lo bonito que fue haberme criado allí; para que este sentimiento se multiplique por siempre, así como lo hace Juan José —mi sobrino—; al verlo jugar con Miryam Celeste —su vecina—, esto me hace pensar que el significado de ‘Villa del Mar’ se mantiene vivo en ellos.

Seguiremos con nuestros sueños, cada uno con su propia historia, pero sin olvidarnos de ésta, en la que gracias a la vida pudimos compartir. En este momento, el sentimiento de gratitud es inmenso; saber que tienes parientes aún más allá de los que forman tu núcleo familiar, es un lujo que muy pocos se pueden dar; siempre seremos: “Las ‘pelas’ y los ‘pelaos’ de ‘Villa del Mar’”. Hay días en los que salgo a caminar a la playa y dirijo la mirada hacia el conjunto, entonces, muchas cosas se vienen a mi mente; el tiempo pasa, pero las cosas bonitas de la vida se mantienen intactas. Nada podrá arrebatarnos todo lo vivido en nuestra niñez, cada recuerdo de aquellos momentos es nuestro mayor tesoro.

Si algo pudiera recomendar a los nuevos padres es criar a sus hijos en espacios donde puedan interactuar con otros pequeños; jugar y en verdad ser niños. De nada les sirve vivir en una casa inmensa, llena de lujos, si no pueden compartir con otros; un espacio donde puedan dejar un lado todos los distanciamientos que la modernidad implica y volverse a encontrar con el verdadero significado de estar aquí: entablar una relación que con los años podrá llamarse ‘una verdadera amistad’, un espacio para que lo bueno de la vida se haga simple y sencillo, como me ocurrió a mí en un viejo quiosco de madera y paja, donde descubrí el verdadero poder de la amistad.

Para mis hermanos de la vida, amor y luz por siempre. Namaste.

 

Compartir: