Por Jonathan Juha. @joju_13

Decepción y dolor de patria. Era lo único lógico que podía sentir al ver los resultados de las últimas elecciones en el país. Ese día que se nos regala cada cierto tiempo, para hacernos pensar que somos dueños de nuestro destino, y que nos lleva a creer que en Colombia vamos por mejor camino, en comparación con algunos de nuestros países vecinos, hacía darme cuenta que el Macondo que García Márquez describía en su libro, con sus historias inverosímiles y sus eventos maravillosos que intentaban explicar el destino caótico de su pueblo, se le quedaba pequeño al circo en el que se ha convertido Colombia.

Decepción, porque yo también me comí el cuento; me monté en la película que se armó en las redes sociales, que tenía como guión, la intención de cambio por parte de la ciudadanía, y que hablaba de una revolución pacífica en las urnas que demostraría y sentaría precedente, para afirmar ante la clase política del país, que con el pueblo de Colombia no se iba a jugar más. Un Trino de Félix de Bedout me bajó de esa nube: “El senador Uribe, el senador Gerlein, y el senador Serpa. ‘Lo mismooooo de antesss’”. Debo aceptar que el golpe que sentí ese día fue más bien grande.

Dolor de patria ante la impotencia de tener que aceptar que esa democracia con la que nos llenamos la boca ante el mundo, está internamente dañada. La abstención entre los votantes alcanzó niveles records que debió dejar sorprendidos, incluso a quienes compraban los votos – “¡Ay, donde no hubiéramos pasado el billete!, seguro que no pasamos el umbral”. La apatía juvenil dijo una vez más presente, y ni la tentación de poder tomarse una “selfie” frente a las mesas de votaciones fue suficiente incentivo para movilizar a los jóvenes a depositar su voto. En fin, eso del cambio tendría que esperar.

Aún así, lo que más me dejó preocupado fue darme cuenta de que el pueblo colombiano no sabe lo que quiere, y que además, sufre de amnesia y bipolaridad al mismo tiempo; porque de qué otra manera explicar que hayamos escogido a quienes hace unos meses atrás, condenábamos por haberle dado la espalda a nuestros campesinos, y haber puesto en marcha tratados de libre comercio que atacan nuestra industria. Es eso, o simplemente una más cruda realidad, sea admitir que como nación, sufrimos de una ignorancia colectiva que nos hace votar en contra de nuestros propios intereses, y que solo beneficia a esos caciques políticos que, elección tras elección, nos prometen esa tierra prometida que nunca llega.

Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que aún no aprendemos a tomarnos en serio nuestro destino. Duramos cuatro años renegando que no hay trabajo, que la cosa está dura, y que el gobierno funciona solo para unos pocos; aún así, todo lo que somos capaces de hacer, es esperar que las soluciones caigan del cielo, mientras otros deciden por nosotros lo que más nos conviene. Buscar soluciones para los problemas que tiene el país es tan complicado como encontrarle una conclusión apropiada a la extraña aglomeración de ideas que ha sido esto escrito; sin embargo, de lo único que estoy seguro es que el primer paso para conseguir ese cambio, es entender que no se construye democracia solamente el día de las votaciones, sino que es un proceso que requiere nuestro compromiso día tras día, y que en este mundo que va siempre tan de prisa, nadie, y mucho menos los colombianos, podemos darnos el lujo de botar a la basura los 1,459 días que hay entre cada elección.

Mi punto aparte. El país de los que esperan. 

Por Juan Pablo Devia. @jpdevia

La calidez humana de los colombianos se compara con muy pocas en el mundo. Somos únicos en tender una mano amiga en tiempos de necesidad. Anecdóticamente, recuerdo un episodio hace un par de años en Colombia en el que alguien, literalmente, me ‘echó una mano’; mi carro se había varado en pleno medio día barranquillero. El sentimiento después de aquello fue glorioso, sentí el corazón hinchado de sangre Caribe, pintado en una sonrisa orgullosa de poder contar con la ayuda desinteresada de un desconocido. Ojalá tuviéramos esa misma disposición para ayudar a mejorar los problemas del país.

Como hemos mencionado en repetidas ocasiones en esta columna, nuestra tierra sufre de abandono del Estado. Usualmente, cuando escuchamos esta expresión, pensamos en falta de atención por parte de las autoridades a las necesidades de la gente. Pero ¿es acaso el Estado conformado solamente por el gobierno?, ¿Dónde queda la participación del pueblo? La gente, todos nosotros, somos los principales actores del Estado, somos los que elegimos a quienes nos representan en las instituciones de gobierno, y es nuestro derecho y deber, aportar para que los objetivos trazados se cumplan.

Es una verdad que en Colombia los ciudadanos no aportamos activamente al mejoramiento de la complicada situación que tenemos, y por ende, somos todos negligentes del abandono. Paradójicamente, aunque estamos siempre prestos a ayudar al prójimo, no tenemos una mentalidad colectiva del bienestar. En cambio, en vez de asumir la propiedad de lo común, frecuentemente pensamos que lo público no es de nadie. Esta mentalidad es enormemente peligrosa y limita cualquier avance que pueda resultar de iniciativas gubernamentales. Nos quedamos sentados esperando que los candidatos resuelvan todo y nos hemos convertido en el país de los que esperan el cambio. Si en vez de apuntar que hemos esperado el cambio elección tras elección (como si aquello tuviera algún mérito), necesitamos poder decir como sociedad que logramos cambiar de actitud, que nos pusimos manos a la obra, e hicimos posible el esperado cambio.

Siempre me causa curiosidad ver cómo se toman mérito las administraciones cuando presentan indicadores de desempleo y educación, por nombrar dos. Aunque es cierto que los gobiernos facilitan las condiciones de los sectores, nadie más que el pueblo es quien aporta a estos logros. El gobierno no crea empleo, lo hacen las ideas de las personas. Asimismo, las escuelas públicas no garantizan educación, lo hacen los padres de familia que se aseguran que, en medio de las adversidades, sus hijos se eduquen con disciplina. De eso se trata el verdadero cambio, de aportar con acciones del día a día a los objetivos que tenemos como sociedad. Si no somos conscientes de esto, vamos a seguir en abandono, pero abandono de nosotros mismos. Corrupción, contaminación,  inseguridad, maltrato infantil, malos resultados académicos, etc., aunque sean subestimados todos estos asuntos hacen de Colombia el lugar que es hoy: un país de gente buena y alegre, pero que esperan que el gobierno cambie.

Amigo, la responsabilidad no es de los congresistas ni de los medios, es de todos. Si dejáramos de vivir tan politizados, tal vez algún día los políticos ya no sean “los mismos de siempre”. Cuando cada quien participe activamente de la sociedad, entonces no será necesario explicar por quién votar.

DESTACADO

El primer paso para conseguir el cambio, es entender que no se construye democracia solamente el día de las votaciones, sino que es un proceso que requiere nuestro compromiso, día tras día, y que en este mundo que va siempre tan de prisa, nadie, y mucho menos los colombianos, podemos darnos el lujo de botar a la basura los 1.459 días que hay entre cada elección.

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