(Continuación de Colombia libre: por un país sin Beliebers ni Uribers.)

Por Juan Pablo Devia. @jpdevia

En un abrir y cerrar de ojos pasaron las semanas, y ya pronto era Navidad. Las lucecitas cálidas de mi balcón confirmaban, como si hiciera falta, que la mejor época del año había vuelto. Apenas empezaba diciembre y como era usual solo se esperaban las tres fiestas. Todos daban por terminado el año, aplazando las promesas incumplidas para el próximo año. Algunas de ellas, en mi caso, cumplían una década de estar presentes en la lista de propósitos del año nuevo, el año del cambio. Así como los políticos, pensé. ¡Qué vergüenza!, dije reprochándome.

Casualmente se anunciaban, por esos días, las listas de los partidos para las elecciones próximas en Colombia. El presidente había afirmado su ya esperada intención de aspirar a un segundo mandato; apareció en televisión nacional, como suplicando por cinco minutos del recreo para “terminar la tarea”. Pidió a los colombianos que le dieran la misma oportunidad que a Uribe, como quien desde ya prepara un “me faltó tiempo” para el final de su segundo periodo. Ahora a Santos solo le quedaba la mitad de los que se sentaron a su mesa de (Imp) Unidad Nacional; los “uribistas” habían huido despavoridos a buscar el regreso glorioso de su “mesías salvador” de la política, mientras los liberales volvían a abrigarse bajo el bigote de Horacio Serpa.

Por otro lado los verdes se juntaban con los amarillos del Polo, combinando curiosamente los colores del logo de la UP (Unión Patriótica). Trataban de recoger a cuanto candidato huérfano fuese posible, para por lo menos juntar una cantidad decente de votos; entraron en diálogos con los arcoíris, los sin color, y hasta con Ingrid Betancourt. No puedo negar que sentía pena por los verdes y por Ingrid, admiraba sus ideales pero sabía que no tenían chance.

A todas esas, mientras el Pibe Valderrama anunciaba su aspiración a ser el diez del Senado, y Roberto Gerlein daba por hecho su periodo número once en el Congreso, se atravesó en el contexto nacional la polémica destitución de Petro, entonces alcalde de Bogotá. El acontecimiento se tomó los titulares, y por aquellos días solo se opinaba atacando o defendiendo a Gustavo Petro. Aparecieron, otra vez, las expresiones cegadas por el odio y la idolatría. No se leían noticias de ideologías políticas sino de discursos apasionados sobre un caudillo u otro. Mientras tanto la juventud, volátil e inexperta, se aburría del frustrante modelo de administración pública, el estadio necesario justo antes de una típica patria bolivariana.

Se derrumbaba la imagen de estado renovado; no había  marcha en el país suficientemente y convincente que lograra disfrazar la descomposición de los órganos de control colombianos. Los recientes paros y sabotajes ponían en duda la gobernabilidad de nuestros dirigentes. El panorama no era “una luz de prosperidad al final del túnel”, sino un reflejo de las atropelladas décadas recientes en las que asesinaban a Gómez, Galán, y Pizarro; volvía a ser un “desmadre”, como habría dicho mi jefe en su mexicano natural.  La promesa de un mejor futuro para Colombia estaba aplazada para un próximo comienzo, así como las dietas del Año Nuevo.

Mensaje de Navidad de Dos Puntos Aparte.

Al llegar a la edición final de este año, quisiéramos agradecer a todos nuestros lectores, enviando un saludo lleno de paz y amor a todos sus hogares. Durante los últimos meses, hemos tratado de llegar a ustedes a través de temas actuales de interés público, reflexionando desde perspectivas con las que se puedan identificar los ciudadanos globales de las nuevas generaciones. Esto no sería posible sin el trabajo de todo el equipo de edición y producción de Enfoque Caribe, a quienes agradecemos una vez más la invitación a participar de tan valioso proyecto.

De todo corazón les deseamos Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo.

Atentamente,

Juan Pablo Devia y Jonathan Juha.

 

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