“Tranquilo Bobby, tranquilo.”

 Por: Juan Pablo Devia. @jpdevia

En la perla del Caribe, en la vieja ciudad de los placeres, en La Habana abandonada; en medio de una teatral partida de ajedrez se promete la paz para Colombia. La misión fue delegada a unos cuantos veteranos políticos a los que se les encargó sentarse frente a los terroristas más atroces del continente. Los mismos de la dinamita al cuello de la señora en Los Llanos, los de los cilindros bombas en la parroquia de Bojayá.

La meta es, después de ofrecer concesiones suficientes para que estos hombres renuncien al narcotráfico y el secuestro, acordar el fin de su llamada lucha armada.

A la Barranquilla de antaño, que rescato de los relatos de mi abuelo, llegaba de la ilsa modernidad: música y bailes, modas de vestir, y la manera más espléndida de vivir que se recuerde en el gran Caribe. Cubita la bella, que brillaba entre el mar de las Antillas, sigue hoy secuestrada, y con ella, generaciones de sueños inválidos a los que sus dictadores le suman los problemas de cuanto vecino sea posible; llámese Venezuela, Colombia o México. Esta semana no llegan, de aquella tierra, a nuestra prensa nacional sino los rumores de un proceso de paz que dependen de un hilo, de la telaraña de la reelección a la que fue atada la mesa. Al mismo tiempo, todos los colombianos volvemos a sentir la desilusión de un posible fracaso, como el de hace quince años, y  el de hace veinticinco años.

El pueblo está cansado de las guerrillas, de las masacres, de los abusos. Peor aún, la gente se ha resignado a aquella vida en medio de las guerrillas. Así mismo, los colombianos nos hemos familiarizado a vivir de la esperanza de las noticias de unas negociaciones de paz que parecen copias en carbón de periódicos de décadas pasadas. Alocuciones presidenciales, titulares de radios y programas de televisión, todo vuelve al discurso de una salida política al conflicto, un drama de medio siglo que no parece que termina aquí.

El ex ministro de defensa, más agresivo que haya visto en la guerra militar y mediática contra las guerrillas, pronto se convirtió en presidente de la república; y desde ese momento giró ciento ochenta grados. Desde su inclemente estrategia de guerra hacia una postura de diálogo, siempre con el visto bueno del gobierno patrocinador del Plan Colombia. Sin embargo, contra el movimiento diplomático se ha levantado el ala menos tolerante del apuntando el costo de la paz. Los comentarios en oposición a la negociación no es del todo intolerancia, pues agregan un poco de conciencia al espectro de la opinión nacional, si es que se existe algo a lo que se le pueda llamar así. Lo cierto es que la anhelada paz sí tiene un costo, el que el gobierno llama marco legal y  ellos, los críticos, señalan de impunidad. En todo caso, es frustrante que los colombianos comunes y corrientes queramos el fin de la violencia, y aún cuando sepamos que la paz no es justa y aceptemos dicha injusticia como colateral del proceso, aún así, mientras esperamos resultados que alimenten la esperanza colectiva, un guerrillero nos aterriza a lo que es la infértil negociación, respondiendo con descaro como la enfermera a Juan Luis: “Tranquilo Bobby, tranquilo”.

Al parecer este año de conversaciones ha sido sólo eso, conversaciones. No hay a la vista señales de un acuerdo, mucho menos de paz definitiva. Se acerca el periodo electoral y cada vez más nuestro destino parece jugarse en tablero de cuadros. Los soldados de la patria, peones de cada partida, siguen defendiendo a sus reinas que esperan en casa el aparentemente lejano tiempo de la paz.  Al fin y al cabo la promesa del gobierno y los guerrilleros se teje en un hotel rodeado del paisaje del Caribe, que como dice la canción es “…el único lugar donde aun se puede vivir de una ilusión”. A mantener viva la ilusión compatriotas, aunque la paz se tarde un tantito más.

LA POLÍTICA COMO DISTRACCIÓN, MI PUNTO APARTE

 Por: Jonathan Juha @joju13

Verdades más, verdades menos, los diálogos de paz en Colombia con las FARC desde un principio arrancó con el pie que no era. Justo desde el momento en que Álvaro, y no Juan Manuel, le contara al pueblo colombiano sobre los principios de diálogos entre el gobierno y la cúpula del grupo terrorista, debimos haber anticipado que todo el proceso se llevaría a cabo en el marco de una guerra política y mediática entre los antes inseparables presidente y ministro, y ahora némesis políticos.

Todo diálogo de paz se entiende como un proceso en si mismo arduo y dispendioso; y aunque, personalmente, mis esperanzas de que las negociaciones llegaran a buen puerto eran mínimas, nunca creí que mi negatividad pudiera llegar a puntos tan altos como el de hoy. Siempre creí que mi escepticismo estaba bien fundado, la histórica falta de voluntad de las FARC por entregar las armas, sumada al miedo que deben tener los líderes guerrilleros al ver los actuales índices de desempleo en el país, se suma hoy a la gran polarización política que sufre el país al respecto.

Y es que no es una exageración pensar que, hoy, estamos tan divididos como el gobierno norteamericano. Como país no somos capaces de ponernos de acuerdo en nada en cuanto al proceso, estamos en un punto muerto; no somos capaces de dar un paso adelante, ni mucho menos darlo hacia atrás. Y estamos así no porque el pueblo no quiera la paz, no porque el colombiano no esté cansado ya de un conflicto que por más de 50 años nos ha impedido concentrarnos en los otros cientos de problemas que sufre el país, sino porque la tan ansiada paz ya no es el punto central del debate. Entre tanto bombardeo de tweets y declaraciones, hemos perdido de vista el verdadero objetivo; y nos hemos olvidado que las verdaderas partes en la mesa son el pueblo colombiano y el grupo guerrillero, no Santos y Uribe.

Y es ese precisamente el error. Hemos tomado una posición a favor o en contra del proceso pensando, primeramente, si estamos a favor del actual gobierno o del lado de la oposición. Vemos la realidad de lo que pasa en las negociaciones a través de los ojos de Uribe o Santos; de la misma manera en que dos hinchas de fútbol  entienden la misma jugada de penal dependiendo del equipo que siguen. El tema de la paz ha dejado de ser un debate público para convertirse en una batalla campal entre ambos bandos, donde desafortunadamente todos hemos tomado un lado y nos negamos a encontrar el punto medio entre todos. Vemos las cosas o blancas o negras, cuando en la realidad, la verdad siempre tiende a estar en la zona gris de todos los asuntos. El primer paso para la paz será poder como pueblo, apartarnos de esa guerra sin sentido entre la clase política del país, y tomar la única posición que debimos tener desde el principio: estar del lado de la paz. Así, si todos empujamos hacia el mismo lado, no importa que tan alta sea la cumbre, la fuerza del pueblo en sí misma podrá llevar el proceso al destino que todos queremos.

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