-No es una columna deportiva; mucho menos tiene que ver con el Atlético Nacional. Es una reflexión de cómo Colombia entrega su esperanza colectiva nacional a un grupo de soñadores provincianos.-

Por Juan Pablo Devia.

Se oían los tambores en el fondo; nunca supe con certeza si eran caribes o cariocas pero emulaban un chandé festivo. Brillaban el amarillo y el azul que medían en cada pelota el deseo de llevar alegría a casa. Apellidos ibéricos en cuerpos africanos parecían describir la ‘americanidad’ del encuentro. De no haber sido futbolistas habrían tenido que seguir viviendo en la realidad de sus pueblos miserables, luchando por sobrevivir a la violencia que mutila, la corrupción asesina, y el racismo absurdo que patrocinamos desde épocas coloniales. Paradójicamente, era en un estadio centenario en pleno centro del viejo continente en el que estos mestizos se llevaban el aplauso del público local. Mientras tanto en el Nuevo Mundo, sus paisanos esperaban la victoria anhelosos detrás del televisor, listos para prender la fiesta.

Me ensimismé poco a poco y reconocí que aquella es la apuesta partido tras partido, empeñar la fe debajo de los tres palos para que todo en el país sea mejor gracias al milagro del gol. Recordé entonces las frecuentes comparaciones del espectáculo del deporte con el concepto del legendario circo romano que, a modo de las llamadas cortinas de humo, distraen al pueblo de lo que pasa en sus narices, como aquel Millonarios – Union Magdalena en noviembre del ochenta y cinco. Sin embargo, otra perspectiva mostraba ahora algo diferente, esta vez era una distracción consentida que venía del pueblo.

Nunca imaginaron los padres de la patria en los tiempos de la fundación de la República, que el destino de la nación no estaría en las manos de los sabios legisladores capitalinos ( si es que alguna vez han sido sabios) sino en los pies de soñadores provincianos pateadores de bola; ellos son quienes corren detrás de un balón con la responsabilidad de hacer de la nuestra una tierra aún más feliz ; más de lo que lo somos ahora que hemos sido declarados por Gallup como los más felices del planeta. Y entre los más felices, por cierto, están los herederos del testigo político, que se suben en el vagón ganador y hasta se animan a ponerse la amarilla por encima de la corbata para ir a debatir las leyes  en el honorable congreso; mas que felicidad lo suyo es el alivio de no tener que cargar con semejante responsabilidad, pues por muy ineficientes y corruptos que sean, si el nueve la mete todo será alegría y desaparecerán los problemas.

En un intento por dar razón de esta situación, la asocié al concepto de la ïngeniería del consentimiento¨ explicado en el documental ¨ El Siglo del Yo¨ (o del individualismo, según se traduzca del inglés) que veía recientemente por recomendación de un gran amigo. En éste explicaban el caso de cómo el pueblo alemán, en tiempos del Nacionalsocialismo, renunciaba a sus esfuerzos individuales y confiaba absolutamente su presente (y por ende su futuro) a los líderes del partido quienes sabrían traer lo mejor para la patria y felicidad para el pueblo con la ayuda de todos; aunque su apoyo era voluntario esta representaba mas bien su única salida visible en medio de la gran decepción que se vivía frente al comunismo y a la democracia capitalista de comienzos del siglo pasado. Fue ahí cuando, guardando las diferencias, vi reflejada a mi Colombia agobiada por la pobreza en que vive, la asfixiante falta de oportunidades que la aqueja y una herida abierta que no para de sangrar por la violencia desde hace 200 años. Los ciudadanos entonces, todos sin distingo, se unieron desencantados de la ilusión de un país seguro y próspero; en cambio, se apasionaron por el tricolor de soldados de pantaloneta y medias largas, los nuevos héroes.

Me interrumpió un silbato parejo, como de árbitro bien entrenado. De repente me sentí bajando de una nube, volviendo a la silla de tela. Ya no se oían los tambores, solo la voz del comentarista gringo que resumía el juego. Uno a cero fue el marcador, a favor de los favoritos que nunca fuimos nosotros. Ellos celebraban y nuestros muchachos volvían cabizbajos al camerino. Al otro lado del Atlántico se apagaban los televisores, todo quedó como antes. Se deshizo la burbuja del nacionalfutbolismo y la alegría quedó aplazada hasta una nueva ilusión; reaparecieron las tragedias, repetidas en tres emisiones diarias de hora y media.

Los futbolistas, como aquellos nazis, nunca tuvieron la capacidad de traer lo mejor para todos, y la felicidad del pueblo duró solo hasta antes la celebración de los brasileños. Entonces me sentí triste por todo aquello que nos duele, por la pobreza y el hambre, por los círculos viciosos, porque volví a recordar lo jodidos que estamos.

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MI PUNTO APARTE

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Por Jonathan Juha

Dicen que en la vida hay cosas que son de vida o muerte… el fútbol mi amigo… el fútbol es algo mucho más serio. Y sí, puedes tener razón con que un gol no borrará los males que azotan a nuestra tierra, los pobres seguirán estando en la banca de suplentes esperando por una oportunidad para salir adelante, los políticos probablemente se dejaran comprar dejándonos a toda la población en fuera de lugar, y muy seguramente no faltará el delantero que se las tire de vivo y que le haga un enganche a la ley para que le piten penal y marcar el gol por la vía fácil, en vez de seguir la jugada y llegar a la meta a punta trabajo y esfuerzo… Puede que cada palabra de lo que digas sea cierto, pero nada de eso nos quitará la felicidad.

Porque en un país donde lo que sobran son los problemas, lo que hace falta son alegrías. No importa lo pequeñas o efímeras que sean, se necesitan razones para levantarse con la frente en alto, sentir que los problemas no lo son tanto, y poder salir a pelear con más fuerzas a esta selva desigual que nos convierte en fieras para poder sobrevivir; tal vez entre tanto daño que hay en nuestra sociedad, nos viene bien demostrarle al mundo que somos más que la imagen de prostitutas y narcos que los medios “nacionales” se encargan de venderle al mundo, poder vestir con orgullo la camiseta y bajo el unísono grito de un gol, al menos por unos segundos, dejar a un lado todas las diferencias y celebrar unidos por este país que es el nuestro.

Porque ahí esta la belleza del fútbol, que une y no discrimina. Al balón no le interesa si eres de derecha o izquierda, revolucionario o uribista, homosexual o heterosexual; el solo nos enseña que un partido de fútbol no lo sacó adelante uno solo, sino que siempre lo ganó el trabajo en equipo. Tal vez a partir de ahí se pueda comenzar a generar la paz, desde todo aquello que rompe las barreras sociales e ideológicas, y nos une a todos bajo una sola bandera. No, no es solo una cortina de humo, es también la demostración que bajo toda esa capa de violencia, pobreza y maldad que cubre a nuestra tierra, existe todavía un pueblo soñador, que no se rinde, y que lucha, y que como hoy nos demuestra la selección, con compromiso, esfuerzo y dedicación puede aspirar a cosas todavía mucho más grandes. La alegría esta en nuestro ADN, no en el gol; ni siquiera realidad más cruda puede robarnos el encanto. La felicidad, amigo, es nuestra.

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Recordé entonces, las frecuentes comparaciones del espectáculo del deporte con el concepto del legendario Circo Romano

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