No Es Un Hecho Histórico, Es Una Fotografía De Nuestra Historia

Por Juan Pablo Devia. @ jpdevia

Al pasar canales ob­servo varias noticias sobre el paro agra­rio, que ya para hoy es paro nacional de todos los gremios, me quedé fijo en un video de estudiantes, en el que la frase “El que no quiere a su patria, no quiere a su madre” descansaba en el fondo, unida a imágenes de manifestantes empellados por policías en ar­maduras.

Aquellas sentidas palabras hacen parte de “Latinoaméri­ca”, una canción del irreveren­te grupo Calle 13, que junto con otras cuantas verdades, intentan llegar al rincón más nativo de nuestro corazón y apelar al deseo capitalista que conducen nuestros proyectos de vida. René, el vocalista e ícono de este grupo de mú­sicos caribeños, deja caer es­tas rimas para darle letra a un ritmo de sonidos andinos. La protesta, hecha canción, toca las fibras más sensibles de mi composición humana, cuan­do en los coros surge una rei­na del folclor, Totó la Mom­posina, quien, con su voz de leyenda, termina la canción en un aliento enérgico: “Que viva la América”; así, en sin­gular, como quien no duda de que solo existe una sola.

Qué esperanzadora ilusión poder pensarlo así, aunque yo escriba precisamente desde el lugar, donde también se cree, que existe una sola América. Pero la de ellos es la que aca­ba en el río Bravo. Por ello, a lo que esté por fuera de estas fronteras, tiene que agregár­sele un apellido, para denotar que es diferente, que es pobre, por eso la nuestra tiene el suyo: América Latina, “un pueblo sin piernas pero que camina”, fra­se que también hace parte del mismo tema de Calle 13. Así empezó esta ref lexión sobre nuestra patria, nuestra madre.

Después encontré que, en entrevista con un canal de tele­visión nacional, un noble cam­pesino destacaba la importan­cia de este paro, afirmando que “esto es un hecho históri­co”. También, los estudiantes se mostraban orgullosos de haberse unido a un movimien­to sin precedentes en la vida nacional y de vital importancia para el futuro del país. Enton­ces, me sentí mal por ellos y por los muchos otros que se exponen a ser heridos por gases y balas, por armas que maltratan el cuerpo y el alma. Todo por hacerse escuchar.

Viviendo a kilómetros de distancia y sin poseer en Co­lombia ni una hectárea de fin­ca, una gallina o media raíz de papa; me sentí mal por mí mis­mo, por sentir herida mi digni­dad patria, pues no hay nada que merezca más nuestra aten­ción, preocupación y entrega que la tierra sagrada en la que nacimos y que sostiene a nues­tras familias. A lo que atente contra ella, hay que atender como un tema de superviven­cia, ya que no es solamente luchar por un pedazo de suelo.

Lo que reflejan las noti­cias, por estos días, suena como algo que está muy mal y que debemos cambiar. Pero ¿cómo enfrentar un problema de estos sin aparente solu­ción? Y en aquello estoy claro, no hay solución visible que el gobierno nacional pueda dar­le al paro agrario, al menos no una cura para la enfermedad real. El pueblo está buscando responsabilidad en el Presi­dente Juan Manuel Santos, un político con una carrera estra­tégica, en la que supo apro­vechar puertas abiertas que lo llevaron a la presidencia, y que se le ha convertido en una pesadilla. Algunos otros, un poco más conscientes de las causas directas de la crisis, se van al doble periodo del “Gran Colombiano” Álvaro Uri­be, incluso dos décadas atrás a la administración de Cesar Gaviria. Las leyes que hoy se critican, tienen su origen en decisiones que fueron parte de su política económica en cada gobierno. Sin embargo, en el afán por nombrar culpables, pocos cuestionan la verdadera raíz del problema del campo y los momentos en que el des­tino de nuestra tierra cayó en manos de extranjeros.

Poco después del desem­barco de los primeros euro­peos en nuestro continente, se formaron las primeras empre­sas privadas, que, inaugurando el capitalismo en el mundo, establecieron la más rentable economía de extracción en la historia: tierra libre, mano de obra esclava y un recurso natu­ral que parecía infinito. Luego se vino a pique el dominio de la corona sobre las colonias, y se fundó una república inde­pendiente, en la que los hom­bres serían capaces de trabajar la tierra para nosotros mismos. Tampoco fue posible, pues aunque desapareció el escu­do del rey, caímos bajo otro imperio que habría llegado para quedarse: las compañías multinacionales. Estadouni­denses, inglesas, francesas, de cualquier origen, pero siempre patrocinadas por el estado, por nuestro propio gobierno, elegido por voto popular.

Detrás de cada regulación, ha habido un interés personal con el lobby suficiente para ser favorecido. Desde nuestros inicios como estado, hasta la actualidad, hemos tratado de creer que la plutocracia en que vivimos es una democracia li­bre. Esa es la enfermedad. De eso sufrimos en Colombia. El paro agrario no es un hecho histórico, es solo una fotografía de nuestra historia. No pode­mos culpar a los gobernantes de hoy, si cuando llega el tiem­po de votar escogemos reele­girlos a ellos y a sus políticas, por años y décadas. ¿Cómo juzgar al presidente por cum­plir con un punto claro de su plan de gobierno? Los culpa­bles somos todos los que no nos preocupamos lo suficiente por nuestro futuro, y que cele­bramos los acuerdos de libre comercio, pero protestamos cuando nos damos cuenta que afectan nuestro campo. No parece coherente de nuestra parte.

¿Por qué acusar de co­rruptos a los legisladores que aprobaron las leyes, si nunca los llamamos para pedirles que nos dejaran leerlas cuan­do eran proyectos de ley? El francés Honoré de Balzac, dijo “la ignorancia es la madre de los crímenes” ¡Qué criminales han sido todas las generacio­nes pasadas y presentes de co­lombianos que no amaron a su patria como a su madre!

La solución del paro no está en las calles, ni en las juntas de ministros, ¡Está en las urnas!

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DEMO

 LA DEMOCRACIA EN COLOMBIA ESTÁ DAÑADA: SANTOS TENDRÁ LA RAZÓN.

Por Jonathan Juha

@Joju13

La democracia en Colombia está dañada. Esa es la única conclu­sión que puedo sacar después de ver la manera como se le dio fin al paro agrario. No hace falta sino ver el papel que siempre juegan los tres principales componentes de una sociedad democrática (gobierno, medios y pueblo), para darse cuenta de que la historia se repite crisis tras crisis,debate tras debate, y que en el país la cosa simplemente no funcio­na como debería; no importa cuál sea el tema que se esté discutiendo, sea fuero militar, reforma a la salud o reforma a la justicia, los roles es­tán claramente distribuidos y bien aprendidos: presidente y gobierno se encargan de lanzar su discurso y en­dulzarle el oído al país, los medios de comunicación se convierten en simple portavoces del estado, y el pueblo sumisamente se traga el cuento ente­ro.

Los reflejos de una democracia saludable son: un estado encargado de proteger los intereses y derechos del pueblo, medios de comunica­ción que sirven de reguladores del estado, que denuncian sus abusos y que colaboran a formar una ciudada­nía informada, la cual por su parte es políticamente activa y se interesa por los asuntos del país. Pero en Colom­bia nada de eso existe, el paro agrario no es solo un problema socio-eco­nómico, sino también, la radiografía de una democracia endeble como la colombiana.

Porque la realidad, y lo que nadie se ha atrevido a decir es que este paro llegó varios años tarde; ahora, una vez que ya ha entrado en vigencia el tratado de libre comercio con los Estados Unidos, poco o nada puede hacer el gobierno para revertir la si­tuación del sector agrario. El país se encuentra en una situación de depen­dencia con la Organización Mundial del Comercio, último ente regulador del comercio internacional y organi­zación, encargada de hacer que se cumpla lo pactado en estos acuerdos, a quien Colombia tendría que afron­tar, junto a sus costosas represalias económicas y políticas, si llegase a te­ner la osadía de escuchar al pueblo y de alguna forma incumplir el TLC. En palabras simples, el gobierno no tie­ne el poder para evitar la entrada de los productos agrícolas del exterior, ni para añadir impuestos o aranceles a los mismos, ni mucho menos sub­sidiar la compra de insumos como le han prometido a los campesino y al país, ya que estas medidas pueden ser fácilmente retadas por las corpo­raciones y multinacionales beneficia­rias del acuerdo, como medidas que entorpecen y van en contra de la idea del libre comercio, obligando al go­bierno a deshacerse de ellas.

Pero así estamos en el país, con un gobierno que se preocupa más en estos momentos por quedar bien, pensando en las próximas elecciones sin importar el precio, mientras los principales medios de Comunicación se limitan a reproducir los mensajes que salen de la Casa de Nariño y evi­tan a toda costa hacer pública la letra pequeña que viene con cada ley o acuerdo que hace el gobierno, fallan­do en su tarea de informar verazmen­te a la ciudadanía, la cual gracias a su corta memoria, cuando hayamos ase­gurado la clasificación al mundial, se habrá olvidado completamente del tema. Sera ahí, justo en ese momen­to, cuando le podremos dar la razón al presidente Santos, porque también en nuestras mentes, el tal paro agrario no existe, y nunca existió.

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